El amor que se cobra a sí mismo: por qué dañar a quien amamos —a golpes, con infidelidad o con robo— nos destruye primero a nosotros

 

Reflexión para parejas, familias y amistades que atraviesan tentaciones de daño

  1. La noche que Andrea dejó de reconocer su propia voz

Andrea y Miguel llevaban seis años de matrimonio cuando las discusiones empezaron a subir de tono. Él nunca se consideró un hombre violento —»yo no soy de esos», se decía—, hasta la noche en que, frustrado porque ella «no lo dejaba hablar», la empujó contra la pared. No fue un golpe cerrado, ni siquiera dejó marca. Pero algo se rompió esa noche que ninguno de los dos supo nombrar de inmediato.

Miguel durmió mal, y no por miedo a que ella lo denunciara. Durmió mal porque, al apagar la luz, se vio a sí mismo empujando a la mujer que decía amar, y esa imagen no encajaba con ninguna versión de sí mismo que pudiera sostener. Al día siguiente se justificó —»ella me provocó», «fue solo un empujón», «cualquiera hace eso alguna vez»— y por un rato el malestar bajó de intensidad. Pero volvió, más grande, dos semanas después, cuando gritó de nuevo y notó que su hija de ocho años se había quedado inmóvil en la puerta del cuarto, mirándolo con una expresión que él no había visto antes en ella: no era miedo exactamente. Era el principio de dejar de confiar.

Miguel empezó a evitar los espejos del baño mientras se afeitaba. Empezó a llegar tarde a casa, no porque tuviera dónde ir, sino porque no soportaba el silencio de la sala. Su rendimiento en el trabajo bajó —dormía mal, se distraía revisando en su cabeza la misma escena una y otra vez— y un compañero, sin saber por qué, le preguntó si estaba enfermo. Andrea, por su parte, dejó de contarle a Miguel sus días como antes: no por venganza, sino porque una parte de ella ya no sentía que fuera seguro hacerlo. Los dos se alejaron, cada uno rumiando su propia versión del mismo incidente, y la casa que habían construido durante seis años empezó a sentirse, para ambos, como un lugar donde había que caminar con cuidado.

Miguel buscó ayuda después de que su hija, meses más tarde, le preguntó en voz baja si «mamá y tú se van a separar como los papás de mi amiga». Fue esa pregunta, no una amenaza legal ni una intervención externa, la que lo hizo sentarse frente a un psicólogo por primera vez en su vida. Lo que aprendió ahí resume lo que este artículo intenta explicar con evidencia: «Yo creía que ese empujón me devolvía el control de la discusión. Lo que perdí fue el sueño, la mirada de mi hija y la confianza de mi esposa, durante meses, por tres segundos de sentirme fuerte. Si alguien me pregunta si valió la pena, ya sé la respuesta: no hay discusión que se gane empujando a quien amas, porque la cuenta que te cobra por dentro es siempre más cara que la que crees ganar afuera.»

Este texto está escrito para parejas, familias y amistades que sienten, en algún momento de un conflicto, la tentación de hacer daño —a golpes, con una traición, con un robo— para «ganar» algo: control, desahogo, ventaja, venganza. La pregunta de siempre, incómoda y sencilla: ¿por qué creemos que dañar a quien amamos nos conviene, cuando la evidencia psicológica muestra, una y otra vez, que el daño regresa multiplicado sobre quien lo causa, mucho antes de que cualquier tribunal o ruptura lo haga?

  1. La paradoja: nadie destruye su propio vínculo a propósito

Observe cualquier ser vivo y llegará a la misma conclusión: nadie busca, como fin último, la ruina de aquello que necesita para sobrevivir emocionalmente. Todo organismo actúa orientado a su bienestar (Baumeister & Vohs, 2007; Ryan & Deci, 2000), y el vínculo afectivo —de pareja, familiar o de amistad— es, según toda la evidencia sobre necesidad de pertenencia, uno de los recursos más determinantes de ese bienestar: Baumeister y Leary (1995) documentaron que la necesidad de pertenecer y ser aceptado por otros es tan fundamental como cualquier necesidad biológica, y que su ruptura predice malestar psicológico de forma más consistente que casi cualquier otra variable social. Quien golpea, quien es infiel, quien roba a alguien que ama, no busca destruir el vínculo: busca, casi siempre, algo más pequeño e inmediato —control, alivio, validación, compensación por una carencia— y termina destruyendo, como daño colateral, exactamente aquello que más necesitaba conservar.

2.1. Golpear: la ilusión del control que se convierte en cárcel propia

Holtzworth-Munroe y Stuart (1994), en su revisión clásica sobre hombres que ejercen violencia hacia su pareja, documentaron que la mayoría no encaja en el estereotipo del «monstruo» sin remordimiento: buena parte actúa desde una desregulación emocional aguda —ira, celos, sensación de pérdida de control— que la violencia calma por un instante y agrava después. Ese instante de alivio es la trampa: Gross (1998) mostró que las estrategias de regulación emocional que descargan el malestar sobre otra persona ofrecen manejo inmediato pero cobran factura a mediano plazo, porque no resuelven la emoción de fondo, solo la desplazan.

Lo que viene después es la misma disonancia cognitiva que describió Festinger (1957): el choque entre «yo amo a esta persona» y «yo le hice daño». Aronson (1999) precisó que esta disonancia se vuelve insoportable cuando amenaza la identidad moral —dejar de verse a sí mismo como alguien decente—, y en el contexto íntimo esa amenaza es total, porque no hay a quién ocultarle el propio reflejo en la relación más cercana que se tiene. La violencia interpersonal, documentan Anderson y Bushman (2002) en su revisión sobre agresión humana, se relaciona sistemáticamente con mayor ansiedad, depresión y una autoimagen fracturada en quien la ejerce, no solo en quien la recibe. Y hay un costo adicional específico del vínculo íntimo: quien golpea a su pareja o a un familiar sabe, aunque no lo diga, que ha convertido en zona de peligro el único lugar donde debería sentirse completamente seguro. Esa hipervigilancia crónica —revisar el humor del otro antes de hablar, calcular qué palabra puede detonar la próxima escalada— es el mismo estrés fisiológico corrosivo que McEwen (2007) documentó como dañino para el sistema inmune, el sueño y el equilibrio emocional, y no distingue entre quien lo sufre y quien, por haberlo causado, ahora también vive perpetuamente alerta a las consecuencias.

2.2. La infidelidad: el atajo que destruye la confianza que sostenía el propio bienestar

La infidelidad ocurre, según la investigación clínica más citada sobre el tema, con más frecuencia de la que se admite públicamente, y es descrita de forma consistente por terapeutas de pareja como uno de los eventos más difíciles de tratar en consulta (Gordon, Baucom & Snyder, 2004). Quien es infiel busca casi siempre algo comprensible en sí mismo —validación, novedad, huida de un vacío— pero la evidencia clínica muestra que el resultado típico no es el alivio buscado, sino una experiencia traumática compartida: los propios autores documentan que el descubrimiento de una infidelidad provoca síntomas equiparables al estrés postraumático en la persona traicionada, y una escalada de vergüenza, culpa y pérdida de autoestima en quien la cometió, incluso cuando la infidelidad permanece oculta.

Aquí opera con fuerza el mismo mecanismo de autodeshumanización que documentaron Bastian, Jetten y Haslam (2012): quienes reconocen —aunque sea solo ante sí mismos— el daño que causaron tienden a verse como menos dignos, menos merecedores de la relación que traicionaron, lo cual paradójicamente erosiona su capacidad de reparar el vínculo justo cuando más la necesitarían. Y aparece también la herida moral que describieron Litz y colegas (2009) y que Shay (2014) vincula con la degradación de la identidad: quien es infiel no solo teme ser descubierto, deja de reconocerse como la persona que prometió fidelidad, y esa fractura interna persiste exista o no exista descubrimiento externo. El «beneficio» de la infidelidad —el instante de validación o escape— es, en la enorme mayoría de los casos documentados clínicamente, muchísimo más corto que el deterioro de confianza, autoestima y estabilidad emocional que le sigue.

2.3. El robo entre quienes se aman: la traición que rompe el contrato invisible

Robar a la pareja, a un familiar o a un amigo cercano —dinero, un objeto de valor sentimental, una oportunidad— tiene una particularidad que el robo entre desconocidos no tiene: ocurre dentro de una relación de confianza que, por definición, hacía ese robo posible. Freyd (1996), en su trabajo sobre traición y trauma, documentó que el daño causado por alguien de quien se depende y en quien se confía —un padre, un hermano, una pareja— genera una lesión psicológica cualitativamente distinta a la causada por un extraño, precisamente porque obliga a la víctima a procesar el peligro y la cercanía al mismo tiempo. Lo que la investigación sobre este tipo de traición muestra, del lado de quien la comete, es igual de revelador: quien roba a alguien cercano no puede recurrir después a la misma indiferencia que usaría con un desconocido, porque debe seguir viendo a esa persona en la mesa familiar, en la cama compartida, en la próxima reunión de amigos. La hipervigilancia resultante —cuidar que no se note el objeto que falta, sostener una mentira ante quien te conoce mejor que nadie— es exactamente el mismo mecanismo de estrés crónico documentado por McEwen (2007), aplicado ahora a la relación que en teoría debería ser el refugio más seguro de la persona.

  1. El catálogo de los atajos íntimos: tres formas de daño que parecen desahogo o estrategia

El golpe o el empujón «que no fue para tanto». La minimización es el primer paso de la trampa: «solo fue un empujón», «no le pegué de verdad». Pero la evidencia sobre el impacto psicológico de la violencia de pareja, incluso en su forma más leve, muestra que erosiona la seguridad percibida del vínculo de manera desproporcionada a la gravedad física del acto (Holtzworth-Munroe & Stuart, 1994). Quien lo hace por primera vez y no lo enfrenta a tiempo tiene, según la misma literatura, un riesgo considerablemente mayor de repetirlo, porque cada episodio no enfrentado reduce el umbral de la siguiente escalada.

La infidelidad «que nunca se sabrá». El cálculo de que el daño solo existe si se descubre ignora la evidencia clínica: el costo psicológico para quien es infiel —la vigilancia interna, la fragmentación entre la persona que dice ser y la que actuó, la erosión silenciosa de la intimidad real con su pareja— ocurre exista o no exista descubrimiento (Gordon, Baucom & Snyder, 2004). La relación se sigue deteriorando aunque el secreto se sostenga, porque quien vive con ese secreto ya no puede entregarse a la relación con la misma honestidad de antes.

El robo «que se lo debía» o «no se va a dar cuenta». Tomar dinero de un padre mayor, apropiarse de una herencia compartida de forma desleal, aprovechar el acceso íntimo a la cuenta de la pareja: cada justificación («me lo debía», «yo también aporté», «no lo necesita tanto como yo») es, en la estructura que documentaron Mazar, Amir y Ariely (2008) sobre el engaño en pequeñas dosis, exactamente el tipo de racionalización que permite a alguien que se cree honesto cometer una deshonestidad sin sentirse, en el momento, como un ladrón. El costo llega después, cuando el descubrimiento —casi inevitable en relaciones cercanas y sostenidas en el tiempo— convierte la confianza rota en algo que ninguna devolución de dinero repara del todo.

  1. Lo que el vínculo vivo hace distinto: el amor como oficio cotidiano

Hasta aquí, el argumento central: dañar a quien se ama —a golpes, con infidelidad o con robo— es un pésimo negocio psicológico para quien lo hace, incluso dejando de lado por completo el daño a la otra persona. Pero señalar el problema sin ofrecer una alternativa concreta deja al lector solo con la advertencia. Aquí es donde entra la Teoría de la Vida DASBIEN (Figueroa Cárdenas, 2010, 2025, 2026), pensada precisamente para este tipo de vínculo.

4.1. El Triángulo del Amar en la vida diaria de pareja y familia

DASBIEN define el amor como práctica interaccional orientada al bienestar del otro, mediante tres momentos inseparables: subjetivar (conocer genuinamente qué necesita el otro, desde su perspectiva y no desde la propia conveniencia), intencionar (actuar deliberadamente para proporcionarle ese bien) y retroalimentar (verificar si efectivamente lo recibió). Omitir cualquiera de los tres produce lo que la teoría llama pseudo-amor: la simulación de cuidado que sostiene el vínculo hacia afuera mientras lo vacía por dentro. Miguel, en la historia inicial, había dejado de subjetivar a Andrea —de intentar entender genuinamente su frustración— mucho antes de empujarla; el empujón fue solo el síntoma visible de un triángulo que ya llevaba tiempo roto.

Aplicado a la tentación de dañar: quien está a punto de golpear, de ser infiel o de robar a alguien que ama está, casi siempre, en un momento de necesidad real —de ser escuchado, de sentirse deseado, de resolver una carencia económica— que no encontró un canal legítimo de expresión. El Triángulo del Amar no es un mandato moral abstracto: es, literalmente, la ruta que resuelve esa misma necesidad sin destruir el vínculo que la podría satisfacer de forma sostenible. Subjetivar la propia frustración antes de actuar, intencionar una conversación honesta en lugar de una descarga física o un secreto, y retroalimentar —preguntar, después, si el otro realmente recibió lo que se le quiso dar— es, en términos prácticos, la diferencia entre una relación que se repara sola y una que acumula daño en silencio hasta que explota.

4.2. Los Tres Sentidos del Amor: por qué dañar a quien amamos nos deja con los tres grifos cerrados

El modelo añade los Tres Sentidos del Amor: recibir amor de otros, dar amor al propio ser, y dar amor a otros seres. Quien golpea, es infiel o roba suele estar, en el fondo, drenando un canal herido —sentirse no amado, no deseado, no reconocido— y termina taponando los otros dos: deja de darse amor a sí mismo (pierde el sueño, la autoestima, la capacidad de mirarse al espejo) y deja de dar amor real a quien dañó (sustituye el cuidado genuino por control, secreto o desconfianza). El resultado es una persona con los tres grifos cerrados, preguntándose por qué, a pesar de haber «ganado» el control de la discusión, la validación de la aventura o el dinero robado, se siente cada vez más sola.

4.3. La Zona de Equilibrio de Interacción: la pregunta que evita el daño antes de que ocurra

La teoría propone la Zona de Equilibrio de Interacción (ZIE): una relación es sana solo si mejora a ambas partes sin destruir el entorno compartido que las sostiene —la confianza familiar, el hogar, la red de amistades comunes. La pregunta ZIE, aplicada al instante exacto antes de un golpe, una infidelidad o un robo, tiene tres brazos: ¿esto me deja mejor a mí, de verdad, más allá del alivio de los próximos cinco minutos? ¿deja mejor a la persona que amo? ¿deja mejor la relación que compartimos? Ninguna de las tres formas de daño de este artículo pasa esa prueba, y quien la practica acumula lo que la teoría llama entropía no reparada: daño que nunca se transformó en aprendizaje a tiempo. Las relaciones que terminan en ruptura irreversible rara vez colapsan por el último incidente: colapsan por años de esa entropía que nadie detuvo cuando todavía era pequeña.

  1. Otra historia, para terminar de convencer

Carla tomó, durante casi dos años, pequeñas cantidades de la cuenta compartida con su hermano para cubrir sus propios gastos, sin decírselo, convencida de que «yo también invertí tiempo cuidando a mamá, así que me lo merezco un poco más que él». La cifra creció despacio, casi sin que ella lo notara, hasta que su hermano, revisando los estados de cuenta para un trámite, encontró retiros que no cuadraban.

No hubo un grito ni una denuncia. Su hermano le hizo una sola pregunta: «¿Por qué no me lo pediste, si de verdad lo necesitabas?» Esa pregunta desarmó a Carla de una forma que ninguna acusación habría logrado. Se dio cuenta, esa misma tarde, de que llevaba dos años evitando las reuniones familiares completas, inventando excusas para no coincidir demasiado tiempo con él, viviendo con un nudo en el estómago cada vez que alguien mencionaba el dinero de la herencia. Había ganado, en esos dos años, una cantidad de dinero que hoy describe como «insignificante comparada con lo que perdí»: la posibilidad de mirar a su hermano sin calcular qué sabía y qué no.

Lo que hizo después no fue dramático: devolvió lo que pudo, propuso un plan de pago para el resto, y le pidió a su hermano que hablaran, por primera vez en años, sobre lo que cada uno sentía que había aportado o sacrificado cuidando a su madre. La conversación fue incómoda, pero real. Hoy dice que gana menos margen en su presupuesto mensual del que «ganaba» robando en silencio, pero que duerme, por primera vez en dos años, sin hacer cuentas en la cabeza a las tres de la mañana.

Su historia y la de Miguel son la misma historia en dos formas distintas de daño: lo que se roba, se golpea o se traiciona dentro de un vínculo cercano se cobra a quien lo hace, con o sin descubrimiento externo. Ninguno de los dos fue denunciado ante una autoridad. Se cobraron solos, con el único juez que no se puede sobornar ni evitar: el que vive dentro, y que en los vínculos más cercanos tiene la costumbre de pasar factura completa, tarde o temprano.

  1. Diez preguntas para el próximo momento de tentación
  1. ¿Qué necesidad real —no la excusa, la necesidad de fondo— estoy tratando de resolver golpeando, siendo infiel o tomando algo que no es mío?
  2. ¿Esta acción me deja mejor a mí, de verdad, más allá del alivio de los próximos cinco minutos?
  3. ¿Podría decirle a la persona que amo, hoy mismo y con las mismas palabras, lo que estoy a punto de hacer?
  4. ¿Cuánto tiempo llevo evitando una conversación honesta sobre lo que realmente me frustra, me falta o me duele en esta relación?
  5. ¿A quién estoy a punto de convertir en «el que me provocó», «el que no se dará cuenta» o «el que se lo merece menos que yo», para poder hacerle algo que no le haría a un desconocido que respeto?
  6. ¿Qué reparación concreta debo ya —una disculpa honesta, un dinero devuelto, una verdad dicha— y qué me cuesta más: hacerla ahora o seguir cargándola?
  7. ¿Duermo completo, sin vigilar mis propios gestos frente a la persona que amo?
  8. ¿Cuándo fue la última vez que le pregunté, de verdad, qué necesita de mí, y esperé la respuesta sin defenderme?
  9. ¿Recibo amor genuino de mi pareja o mi familia, me lo doy a mí mismo cuidando mi propia integridad, y se lo doy de vuelta sin condiciones ocultas? ¿O tengo los tres grifos cerrados?
  10. Si esta relación terminara hoy, ¿qué quedaría de mí en el recuerdo de esa persona: alguien que la cuidó, o alguien de quien tuvo que cuidarse?

Siete o más respuestas honestas: el vínculo está vivo y el daño encuentra poco terreno para crecer. Menos de cuatro: alguna forma de daño ya empezó, y quien lo causa ya está pagando, aunque todavía no lo note del todo.

  1. Conclusión: el peor negocio de la vida íntima

Toda la evidencia revisada —de Festinger a Holtzworth-Munroe y Stuart, de Gordon, Baucom y Snyder a Freyd, de Bastian a la Teoría DASBIEN— converge en una sola afirmación, que conviene sostener incluso desde el argumento más egoísta posible: dañar a quien amamos —a golpes, con infidelidad o con robo— es el peor negocio emocional que existe para quien lo hace. Se cambia un alivio de minutos por una vigilancia de meses o años, un control momentáneo por una soledad progresiva, una ganancia pequeña por la erosión del único lugar donde se supone que uno puede bajar la guardia. No hace falta apelar solo a la ética o al daño ajeno para desalentarlo: basta con mostrar, con evidencia, que ni siquiera le conviene a quien lo hace.

Y aquí hay una responsabilidad doble. La primera es personal: entender que el bienestar propio —incluso calculado con el egoísmo más frío— depende de la salud del vínculo que se está tentado a dañar, no de su sumisión ni de su silencio. La segunda es relacional: enseñar, desde el primer conflicto de pareja o de familia, que el atajo del golpe, la traición o el robo nunca es una solución, sino una decisión contra uno mismo con fecha de cobro. Quien cuida el vínculo que tiene cosecha décadas de confianza; quien lo daña buscando un alivio inmediato cosecha, tarde o temprano, la misma soledad que intentaba evitar.

Miguel, meses después de empezar terapia, resumió lo que hoy le repite a cualquier amigo que le confiesa haber «perdido el control» con su pareja: «Yo creía que necesitaba ganar esa discusión. Lo que en realidad necesitaba era que alguien me enseñara a perder una discusión sin perderme a mí mismo. El empujón duró tres segundos. La desconfianza de mi hija duró meses. Si el amor enseñara solo una cosa, debería ser esta: lo que se rompe a la fuerza en la casa, se paga en la casa, y nadie más presenta la factura que uno mismo.»

Referencias

Anderson, C. A., & Bushman, B. J. (2002). Human aggression. Annual Review of Psychology, 53, 27–51. https://doi.org/10.1146/annurev.psych.53.100901.135231

Aronson, E. (1999). The power of self-persuasion. American Psychologist, 54(11), 875–884. https://doi.org/10.1037/0003-066X.54.11.875

Bastian, B., Jetten, J., & Haslam, N. (2012). Self-dehumanization. Psychological Science, 23(7), 725–734. https://doi.org/10.1177/0956797611433538

Baumeister, R. F., & Leary, M. R. (1995). The need to belong. Psychological Bulletin, 117(3), 497–529. https://doi.org/10.1037/0033-2909.117.3.497

Baumeister, R. F., & Vohs, K. D. (2007). Self-regulation, ego depletion, and motivation. Social and Personality Psychology Compass, 1(1), 115–128. https://doi.org/10.1111/j.1751-9004.2007.00001.x

Festinger, L. (1957). A theory of cognitive dissonance. Stanford University Press.

Figueroa Cárdenas, A. K. (2010). Das Bien. Fondo Editorial de la UNMSM.

Figueroa Cárdenas, A. K. (2025). Teoría de la Vida DASBIEN. Editorial Tecnologías Dasbien. https://doi.org/10.5281/zenodo.18103336

Figueroa Cárdenas, A. K. (2026). Teoría de la Vida DASBIEN, Parte II. Editorial Tecnologías Dasbien. https://zenodo.org/records/20278696

Freyd, J. J. (1996). Betrayal trauma: The logic of forgetting childhood abuse. Harvard University Press.

Gordon, K. C., Baucom, D. H., & Snyder, D. K. (2004). An integrative intervention for promoting recovery from extramarital affairs. Journal of Marital and Family Therapy, 30(2), 213–231. https://doi.org/10.1111/j.1752-0606.2004.tb01235.x

Gross, J. J. (1998). The emerging field of emotion regulation. Review of General Psychology, 2(3), 271–299. https://doi.org/10.1037/1089-2680.2.3.271

Holtzworth-Munroe, A., & Stuart, G. L. (1994). Typologies of male batterers: Three subtypes and the differences among them. Psychological Bulletin, 116(3), 476–497. https://doi.org/10.1037/0033-2909.116.3.476

Litz, B. T., Stein, N., Delaney, E., Lebowitz, L., Nash, W. P., Silva, C., & Maguen, S. (2009). Moral injury and moral repair in war veterans. Clinical Psychology Review, 29(8), 695–706. https://doi.org/10.1016/j.cpr.2009.08.003

Mazar, N., Amir, O., & Ariely, D. (2008). The dishonesty of honest people. Journal of Marketing Research, 45(6), 633–644. https://doi.org/10.1509/jmkr.45.6.633

McEwen, B. S. (2007). Physiology and neurobiology of stress and adaptation. Physiological Reviews, 87(3), 873–904. https://doi.org/10.1152/physrev.00041.2006

Ryan, R. M., & Deci, E. L. (2000). Intrinsic and extrinsic motivations. American Psychologist, 55(1), 68–78. https://doi.org/10.1037/0003-066X.55.1.68

Shay, J. (2014). Moral injury. Psychoanalytic Psychology, 31(2), 182–191. https://doi.org/10.1037/a0036090

Visitas: 0

EL ADOLESCENTE QUE AMABA HASTA EL AGOTAMIENTO: POR QUÉ EL AMOR MÁS INTENSO PUEDE SER EL QUE MÁS DAÑA, Y CÓMO DASBIEN DIBUJA EL LÍMITE

 

Por: Liz Figueroa, psicóloga educativa y excoordinadora de orientación escolar en Lima

  1. La paradoja del primer amor: todos entregan, pero no todos se sienten vivos

En el salón de orientación del colegio, los adolescentes no vienen a hablar de notas. Vienen a hablar de vínculos. Lo sé porque llevo ocho años escuchándolos. Durante la pandemia, fueron ellos quienes más claro dijeron algo que los adultos todavía no entendemos del todo: no es que no quieran amar; es que no quieren morir en el intento.

Me tocó atender a Lucas en el 2024. Tenía 16 años, curso el quinto año, y llegó a mi consulta porque «no podía concentrarse». Pero la historia real emergió a los diez minutos. Llevaba seis meses con Valeria, también de 16. Se escribían hasta las tres de la mañana. Lucas dejaba de comer si ella no le respondía. Dejó fútbol, dejó a sus amigos, dejó el colegio de paga de su barrio para estar en el turno de ella. Un día, mientras llenaba una ficha disimuladamente, escuché que le decía a su madre: «Yo la amo, pero ya no sé si me gusta lo que me estoy volviendo. Y si digo que necesito espacio, me dice que no la quiero».

Ese día entendí algo que ningún curso de psicología del desarrollo me enseñó: la relación funcionaba perfectamente en sus indicadores de intensidad, y fallaba completamente en su vínculo. Lucas entregaba todo. Pero no recibía cuidado. Y peor: no podía decirlo sin sentirse culpable.

Esto no es exclusivo de Lucas. Lo veo en decenas de adolescentes: en el noviazgo absorbente, en la amistad tóxica del aula, en el vínculo enfermizo con los padres que confunden control con protección. Los adultos hemos construido una retórica impresionante sobre «el amor verdadero». Pero seguimos pensando que amar mucho es amar bien (bienestar). Y no siempre es así.

  1. El error estructural: cuando el cariño impone el agotamiento

James C. Scott documentó cómo los Estados modernos fracasan cuando intentan hacer «legibles» realidades complejas, ignorando saberes locales (Scott, 1998). El patrón se repite en el aula y en el hogar: se diseña el amor adulto desde supuestos universales sobre «lo que el adolescente necesita». La necesidad se mide en horas de supervisión, mensajes respondidos, calificaciones protegidas. Pero ¿quién pregunta si esa protección es vivida como dignidad?

Martha Nussbaum propone evaluar «capacidades»: no lo que tienen las personas, sino lo que pueden hacer y ser (Nussbaum, 2011). Pero falta un paso: cómo saber si las capacidades se ejercen en relaciones de reconocimiento mutuo. Un adolescente puede tener su celular garantizado (capacidad de conexión), pero si la relación no reconoce que él necesita soledad para pensar, que prefiere conversar los domingos y no cada hora, o que necesita fallar para aprender, la capacidad se anula en la práctica.

Andy Figueroa Cárdenas, en su Teoría de la Vida DASBIEN — Parte II (2026), propone algo que ilumina esta paradoja. La vida, en sentido DASBIEN, es «la manifestación organizada de materia en movimiento que interactúa, siente, se defiende y puede ser dañada… y que aprende de sus interacciones, debe hacerlo en mínimo 1 de sus fundamentos, para mejorar su capacidad de sentir, defenderse, sostenerse y relacionarse con bienestar recíproco» (Figueroa Cárdenas, 2026, p. 2.6.1). Si ninguno de los tres fundamentos aprende por experiencia, el sistema no es vida: es «herramienta, cadáver o proyecto inconcluso» (p. 1.2).

La relación adolescente que repite el mismo drama, la misma exigencia de pruebas de amor y el mismo patrón de sacrificio sin ajustarse a quienes aman, es un sistema que siente (el joven ve a su pareja), alerta (reporta celos) y se sostiene (tiene rutinas y memes compartidos), pero no aprende. Es un termostato emocional: funciona hasta que se agota la paciencia de quienes lo usan.

Figueroa Cárdenas (2026, pp. 47-48) recupera del Libro I las tres operaciones del amor: subjetivar (averiguar qué es bueno según el receptor), intencionar (dar ese bien con decisión) y retroalimentar (confirmar que llegó como tal). Pero el Libro II añade la condición que las hace sostenibles: el aprendizaje mutuo. Una madre puede tener la intención de cuidar, pero si el servicio no reconoce las particularidades de su hijo adolescente, la capacidad se anula. Igual en el noviazgo: si no hay aprendizaje en al menos uno de los tres fundamentos (sensor, alerta, estructura), la relación se disipa.

Subjetivar ausente: En el diseño del «buen hijo» o de la «pareja ideal», ¿quién consultó a los adolescentes qué tipo de vínculo ellos valoraban? No las encuestas de satisfacción posteriores, sino la pregunta previa: «¿Qué necesita tu cuerpo, y qué necesitas tú para sentirte cuidado mientras creces?» Las evaluaciones miden riesgo de embarazo o consumo de alcohol, pero no adecuación relacional del cuidado. Un chico de 15 años me dijo en una sesión: «Mi vieja me revisa el celular ‘por mi bien’. Pero yo no me siento cuidado, me siento espiado».

Retroalimentación ausente: Los indicadores miden «presencia parental» o «mensajes de texto», no recepción. ¿Cuántos adolescentes saben que pueden pedir un espacio sin perder el afecto? ¿Cuántos lo hacen? El miedo a la sanción —documentado por Dammert (2017) en programas sociales— inhibe la retroalimentación. La familia no sabe que falla, porque el adolescente no puede decirlo.

Esto no es incompetencia de los padres. Es diseño institucional del afecto. Cuando el objetivo es «llegar a X horas de supervisión», la pregunta «¿llegó bien?» se vuelve costosa y se externaliza.

  1. Tres vínculos adolescentes, tres fallas de vínculo

Table

Tipo de relación Lo que da Lo que no subjetiva Lo que no verifica
Noviazgo absorbente Atención 24/7, pruebas de amor constantes Qué espacio la pareja prioriza; diferencias de ritmo en la intimidad Si la exclusividad se vive como cuidado o como cárcel
Amistad tóxica (grupo escolar) Contención emocional y pertenencia Qué necesitan ellos (no lo que suponemos: a veces soledad, no siempre compañía) Si el trabajo emocional no remunerado genera desgaste o dignidad
Crianza sobreprotectora Nutrición «científica» de éxito Horarios, privacidad, espacio según necesidad específica del adolescente Si el joven se siente sujeto de cuidado o sujeto de derecho a la autonomía

Los tres cumplen el segundo paso dasbieniano: intencionan. Pero sin subjetivar y sin retroalimentar, el cuidado se disipa en la transmisión.

Esto explica paradojas documentadas: adolescentes que viven en familias con alta supervisión pero reportan menor bienestar subjetivo que quienes crecen con menos recursos pero más autonomía (Gasparini & Cruces, 2013, en discusión de efectos no monetarios). No es que el cuidado dañe. Es que llega sin el vínculo que lo legitime.

  1. La Zona de Interacción Equilibrada en la relación adolescente: diagnóstico de cuatro colores

La Zona de Interacción Equilibrada (ZIE), desarrollada por Figueroa Cárdenas (2026, pp. 53-57), mide si una relación es saludable para ambos lados. Apliquémosla a la relación adulto–adolescente (o pareja adolescente), usando la rúbrica DASBIEN-5 del Libro II (p. 2.7.2):

🔴 ZIE Rota (suma 5–10): El joven «está», pero no interactúa

Table

Dimensión Nivel Evidencia en la relación adolescente
Sensor 1 La madre no detecta que el chico dejó de dormir porque revisa su celular en secreto hasta las 4 a.m.
Alerta 1 Solo actúa cuando el adolescente deja de comer o cuando la escuela exige justificar ausencias.
Estructura 2 Casa equipada, pero horario rígido; el «reglamento» existe en papel, no en práctica dialogada.
Bienestar recíproco 1 La madre cree que «ya lo cuidó»; el joven valida vergüenza y dependencia.
Entropía 1 Daño acumulado: desmotivación, estigma de «ingrato», posible abandono del espacio familiar.

Suma: ~7/25. Esta es la asistencia-fachada. El adolescente está sentado en la mesa, pero la relación está rota. No hay aprendizaje en ningún fundamento.

🟡 ZIE Tensa (suma 11–15): El vínculo que sobrevive, pero no florece

Table

Dimensión Nivel Evidencia
Sensor 3 Detecta dificultades (falta de sueño, quejas de horario), pero tarda en ajustar.
Alerta 2 Interviene cuando el padre exige, no antes.
Estructura 3 Adaptaciones puntuales (celular sin bloqueo para una tarea), sin optimización sistémica.
Bienestar recíproco 3 Equilibrio precario: el joven «está», pero no se siente parte.
Entropía 3 Desgaste parcialmente compensado por buena voluntad, no por sistema.

Suma: ~14/25. Muchas familias y parejas viven aquí. Los padres quieren, pero no tienen formación continua ni tiempo. La ZIE está tensa.

🟢 ZIE Óptima (suma 16–20): El vínculo que aprende junto con el adolescente

Table

Dimensión Nivel Evidencia
Sensor 4 Calibra rutina según respuesta del joven; observa señales no verbales (el plato que sobra, el silencio).
Alerta 4 Anticipa dificultades; ajusta el ambiente antes de la queja.
Estructura 4 Rutinas flexibles, materiales diversos, evaluación adaptada y documentada.
Bienestar recíproco 4 El adolescente reporta pertenencia; el adulto reporta crecimiento.
Entropía 4 Errores se reparan; la relación mejora mes a mes.

Suma: ~20/25. Aquí la presencia es real. No es custodia: es reciprocidad validada.

🌱 ZIE Expansiva (suma 21–25): El vínculo que transforma el barrio

Table

Dimensión Nivel Evidencia
Sensor 5 El adolescente y el adulto co-diseñan las reglas semanales.
Alerta 5 El sistema anticipa y previene barreras para otros jóvenes, no solo para los propios.
Estructura 5 La comunidad replica el modelo; otras familias aprenden de esta.
Bienestar recíproco 5 Reciprocidad expansiva: el adolescente enseña al adulto sobre diversidad emocional.
Entropía 5 Sistema regenerativo: el vínculo genera más cuidado a su alrededor.

Suma: 25/25. Es el ideal. La vida plena es distribuida: la relación no es del adulto ni del joven; es de ambos.

  1. Caso práctico: Lucas, Valeria y la ZIE recuperada

Lucas es un estudiante de 16 años. Valeria, su pareja, también de 16, llegó a la relación con miedo a la infidelidad por una experiencia previa. Inicialmente, Lucas le servía el mismo «amor» que ella exigía: mensajes cada hora, ubicación compartida permanente, abandono de amistades «por seguridad». Lucas dejó de dormir bien. Dejó de leer. Dejó de reír.

Aplicando la rúbrica DASBIEN-5, el sistema estaba en ZIE Rota (suma ~8/25). Valeria tenía un sensor sesgado (veía la distancia como deslealtad), una alerta bloqueada (solo veía el «número de mensajes»), y una estructura rígida (celular como grillete, horario único de contacto).

El cambio comenzó cuando la orientadora aplicó el protocolo de restauración ZIE (Figueroa Cárdenas, 2026, p. 2.7.11):

  1. Calibrar el sensor: Lucas aprendió a decir: «Necesito dos horas sin celular para estudiar, y eso no significa que no te quiera». Valeria escuchó que Lucas la quería, pero también necesitaba sentirse útil en otros espacios, no solo como novio.
  2. Reactivar la alerta: en lugar de exigir respuesta inmediata, Valeria comenzó a anticipar: si Lucas no escribía en dos horas, se preguntaba «¿estará en clase?» en vez de «¿me engaña?».
  3. Optimizar la estructura: se creó un «pacto de desconexión» de 8 p.m. a 10 p.m. para tareas. Se le pidió a Lucas que enseñara a Valeria a preparar matemáticas, devolviéndole un rol de cuidado, no solo de receptor.
  4. Verificar bienestar: Lucas comenzó a volver al fútbol los sábados. Valeria reportó que «ya no siente que se lo van a robar».

A los tres meses, la suma del sistema subió a 18/25 (ZIE Tensa alta / Recuperada). No es vida plena aún, pero es vida mínima restaurada. Y la clave fue que ambos, como sistema, aprendieron en su propio sensor: calibraron su escucha por experiencia.

  1. Protocolo ZIE-Rápido para el vínculo adolescente

Figueroa Cárdenas (2026, p. 2.7.10) propone el ZIE-Rápido: tres preguntas en un minuto para contextos de urgencia. Todo padre, docente o orientador debería hacerse esto antes de cada intervención:

  1. ¿Ambos estamos bien (con aprendizaje)?
    ¿Yo, como adulto, modifiqué mi estrategia por lo que aprendí de este joven la semana pasada? ¿Ella modifica su participación porque siente que la escucho?
    Si solo uno aprende, la ZIE está tensa.
  2. ¿El entorno mejora o no empeora?
    ¿La relación es más acogedora para la diversidad que al inicio del año, o el joven sigue comiendo solo en un rincón?
    La asistencia no es bilateral; es trilateral con el contexto.
  3. Si repito esto 100 veces, ¿seguirá siendo sostenible?
    ¿Cien mensajes de control seguirán dejando fuera a la creatividad? ¿Cien revisiones de celular seguirán haciéndolo sentir vigilado?

Si alguna respuesta es negativa, activa el Protocolo ZIE-5 pasos completo antes de seguir exigiendo.

  1. Hacia un amor que «pregunta y ajusta»: propuestas concretas

No es realista pedir que cada familia haga terapia grupal. Pero sí es posible institucionalizar mecanismos de subjetivización y verificación. Propongo tres, basados en la ZIE de Figueroa Cárdenas (2026, pp. 53-57) y en experiencias internacionales:

  1. Entrevista de adecuación previa
    Antes de imponer una regla, el adulto hace una visita sin ficha de castigo. Solo pregunta: «¿Qué necesitas? ¿Cómo lo estás resolviendo ahora? ¿Qué te funcionaría?» No para cambiar el reglamento global, sino para ajustar la oferta (horario, privacidad, acompañamiento adicional).

Esto existe en el modelo de «presupuestos de cuidado» de España (Borraz & Moreno-Fuentes, 2020): la persona recibe una asignación y diseña con un técnico cómo usarla. El control no es sobre el gasto, sino sobre el resultado en bienestar percibido.

  1. Mecanismos de retroalimentación segura
    Que el adolescente pueda decir «este cuidado no me sirve» sin perder el afecto. Esto requiere separar la queja del castigo. En evaluaciones familiares, los jóvenes que reportan insatisfacción suelen ser etiquetados como «rebeldes» o «poco agradecidos». Hay que invertir eso: la queja es información, no disidencia.

La literatura sobre «quejas en servicios públicos» (Birchall, 2011) muestra que los sistemas que aprenden de las quejas mejoran más rápido. Pero solo si las quejas son escuchadas como datos, no como amenazas.

  1. Indicadores de calidad relacional
    Además de «notas» o «asistencia», medir: «porcentaje de adolescentes que reportan que el vínculo responde a lo que necesitaban». Esto se puede validar con entrevistas breves, muestrales, por personal externo al colegio.

Chile lo ha probado en Chile Crece Contigo: encuestas de «experiencia de cuidado» que alimentan mejoras locales (Irarrázaval, 2017). No es perfecto, pero visibiliza el vínculo.

  1. Predicción de desequilibrio: los tres indicadores tempranos

El Libro II propone que la ZIE puede predecirse antes del colapso mediante la lectura de tres indicadores (Figueroa Cárdenas, 2026, p. 2.7.12):

  • Reducción de plasticidad: La madre que antes ajustaba el horario a la fatiga del hijo, ahora repite el mismo reclamo tres semanas seguidas. El sensor dejó de calibrarse.
  • Entropía no reparada: Las quejas se acumulan en un cuaderno pero nadie las lee. El desgaste no se transforma en mejora.
  • Asimetría creciente en bienestar: El padre celebra «nunca se sale de casa» (bienestar ilusorio) mientras el joven reporta ansiedad (daño validado).

Cuando dos de estos tres indicadores empeoran en evaluaciones consecutivas, el semáforo está en amarillo intenso. Si empeoran los tres, el rojo es inminente.

  1. El rol del orientador: traductor, no gestor de normas

En este esquema, el docente o psicólogo no es quien «ejecuta» el programa de convivencia. Es quien media entre la oferta estandarizada y la necesidad subjetiva. Hace subjetivación: averigua qué necesita realmente el joven. Hace verificación: confirma si lo que se dio funcionó.

Esto requiere tiempo. Requiere formación. Requiere que los colegios valoricen esta función como especialización, no como «lo que se hace mientras no hay plaza de tutor».

Paulo Freire decía que la educación liberadora requiere diálogo, no solo transferencia de contenidos (Freire, 1968). Lo mismo aquí: la intervención educativa liberadora —del asistido al acompañado— requiere diálogo sobre el cuidado, no solo transferencia de reglas.

  1. Cierre: el chico que no reclamó

Volví a ver a Lucas en el 2025. Ya no estaba con Valeria; había decidido tomarse un semestre de «noviazgo con uno mismo», como él lo llamó. Le pregunté si alguna vez le dijo a Valeria lo que sentía. «No, profe. Pero usted me escuchó. Eso ya fue algo».

Esa frase me persigue. Porque revela lo bajo de la vara: que escuchar sea «algo», un extra, no el mínimo. Pero también revela una oportunidad: si el vínculo adolescente aprende a escuchar sistemáticamente, no como gesto sino como protocolo, podríamos transformar la calidad del cuidado sin aumentar el presupuesto.

La Teoría Dasbien no es una crítica al amor de padres, novios o amigos. Es una invitación a completarlo. A reconocer que amar bien no es solo amar mucho. Es amar según quien recibe, saber que llegó, y aprender de la experiencia para que la próxima vez sea mejor.

Eso es educación emocional. Eso debería ser política de juventud.

Referencias

Birchall, J. (2011). Fighting for their rights: A comparative study of people with consumer representation in public services. Routledge.

Borraz, C., & Moreno-Fuentes, F. J. (2020). Dependency, care and social policies in Latin America. ECLAC.

Dammert, A. (2017). Targeting social programs in Peru: El Sistema de Focalización de Hogares (SISFHO). Latin American Research Review, 52(1), 114-128.

Figueroa Cárdenas, A. K. (2010). Das Bien. Fondo Editorial UNMSM.

Figueroa Cárdenas, A. K. (2026). Teoría de la Vida DASBIEN — Parte II. Editorial Tecnologías Dasbien. Lima, Perú. DOI: https://doi.org/10.5281/zenodo.20247741

Freire, P. (1968). Pedagogía del oprimido. Siglo XXI.

Gasparini, L., & Cruces, G. (2013). Las asignaciones universales por hijo en Argentina: Impacto, discusión y alternativas. Revista CEPAL, 110, 65-84.

Irarrázaval, F. (2017). Evaluación de Chile Crece Contigo: Aprendizajes y desafíos. Psicoperspectivas, 16(2), 42-53.

Nussbaum, M. C. (2011). Creating capabilities. Harvard University Press.

Scott, J. C. (1998). Seeing like a state: How certain schemes to improve the human condition have failed. Yale University Press.

 

Visitas: 17

¿HASTA CUÁNDO DEBO AMAR?, ¿CUÁNTO ES EXCESO DE AMOR?

En una relación de pareja, en una relación de amigos, en una relación familiar; la mayoría de las personas o quizá todos hemos estado en la situación de preguntarnos ¿Hasta cuánto debo amar?, ¿Cuánto es exceso de amor?.

La Biblia en Corintios 13:7 dice sobre el amor “Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”; mensajes similares hay en la música, por ejemplo la canción Cosas del Amor de Ana Gabriel dice: “No te des nunca por vencida, Que vale todo si se lucha por amor, ¿Cómo puedo hacer?, Entrega todo, Todo se lo di”; mensajes similares hay en las artes como la literatura, caso emblemático es la relación de Romeo y Julieta en la obra de Shakespeare.

 

En nuestras vidas hay personas que para complacer o por el bien de sus parejas: han dejado proyectos y sueños por sus parejas; han dejado pasatiempos y hábitos que los hacían felices; han perjudicado sus relaciones con familia, amigos, trabajo; hasta han soportado golpes de sus parejas, humillaciones, infidelidades; ¿hasta cuánto hacer cosas como estás por amor?.

En nuestras vidas hay personas que para complacer o por el bien de su familia: han dejado amistades o relaciones de parejas; han pasado falta de comida o vivienda; han dejado pasatiempos o actividades que los hacìan felices; han dejado profesiones, ocupaciones o sueños; han aceptado casarse y tener hijos; hasta han soportado golpes de sus familiares, humillaciones, violaciones; ¿hasta cuánto hacer cosas como estás por amor?.

En nuestras vidas hay personas que para complacer o por el bien de sus amigos: han dejado proyectos y sueños por sus personales; han dejado pasatiempos y hábitos que los hacían felices; hasta han soportado golpes de sus amigos, humillaciones, violaciones; ¿hasta cuánto hacer cosas como estás por amor?.

El amor no es un sentimiento o emoción, el amor es una acción. Según la teoría Dasbien: “Amar es dar algo bueno”, pero, bueno, no según la persona quien realiza la acción de amor, sino quien según la persona que recibirá la acción de amor. En ese sentido, es conveniente poner un límite o encontrar un punto saludable o de equilibrio de dar amor a la otra persona o al otro ser. La Biblia en Mateo 22:39 indica que “Jesús dijo ama a tu prójimo como a ti mismo”, se entiende de esta afirmación que debe haber un equilibrio en forma y tamaño de amor tanto para uno mismo como para nuestro prójimo; también se puede deducir de la afirmación que “el amor que tenemos por el prójimo, la otra persona o el otro ser no puede ser más grande que el amor que se tiene a uno mismo”.

FUENTE: Libro LO BUENO (Figueroa, 2019)

NOTA: FUNDACION TO GUIVE WELFARE “DAS BIEN” recomienda no quedarse con la información brindada en esta presentación; recomendamos al amigo lector investigar más, revisar libros, revistas, publicaciones científicas, entrevistas a profesionales, expertos en el tema y enriquecer más su conocimiento sobre el tema; y también si es posible compartirlo con otras personas.

 

Visitas: 53

La TDB en las relaciones de PAREJA

La TDB en las relaciones de PAREJA

Años o tiempo después, todos en algún momento de disconformidad, reflexión o añoranza nos preguntamos, sobre cosas importantes como la elección de pareja, carrera, lugar de vivencia, hijos… ¿y si hubiese decido lo otro?, ¿cómo sería si hubiese elegido diferente?, ¿fue esta la mejor decisión?

Muchas veces consideramos que debimos haber elegido diferente, porque en el momento de la evaluación o el análisis contamos con nueva información, con más experiencia, o nuevos criterios de evaluación; pero, no se puede retroceder en el tiempo ni tampoco se pueden borrar las consecuencias de nuestra decisión y las acciones; por ejemplo, en la elección de pareja, y que después irremediablemente concluimos como equivocada, hay consecuencias económicas, dolores afectivos y emocionales, mal uso del tiempo, la juventud y la vida, a veces hay daño físico y violencia, también hay daño de la reputación e imagen social, problemas legales, en casos extremos hay traumas psicológicos y hasta la muerte.

En ese sentido, un criterio fundamental para una elección saludable es considerar la presencia del amor en la persona a quien se elige como pareja, según la teoría Dasbien que considera que “amar es dar algo bueno”. Es más que conveniente, que los miembros de la pareja consideren el bienestar del otro, según el modelo de amor de la Teoría Dasbien.

https://play.google.com/store/apps/details?id=amorsano.examp.amor&hl=es&gl=US

Visitas: 4

HOW TO KNOW IF IT IS LOVE?

This article is based on the book «Das Bien» by Dr. Andy Figueroa and the course «Love is also learned» that has been developed for more than 10 years.

FIRST POINT, BACKGROUND

As these clarifications of what -yes- is love are indicated, it is based on the Dasbien Theory «Healthy Proposal of Love» by Mr. Andy Figueroa where it is stated that: to love is to give something good (and that good thing that is given is according to the person who receives love). To deepen this theoretical model and its components, we invite you to read the following article HERE

Likewise, it is convenient to know what love is not or what love is not, since it is the path in which most of us are, knowing this we could get out of it easier, we invite you to read the following article  HERE

NOTE 1: An action of love can be carried out between two subjects: humans (children, adults, the disabled, etc.), animals, plants, other living beings that have the ability to subject themselves.
NOTE 2: For something to be love (an action of love) it must only meet the three requirements or elements of the «love triangle» (subjectify, intention, feedback). To learn more about this aspect, we invite you to read the following article HERE
NOTE 3: If you meet the three requirements of the love triangle (subjectify, intend, give feedback), then; one performed an action of love either to oneself or to another being, one can also perform an action of love to several people at the same time. To know an example, we invite you to read this article HERE.

PUNTO SEGUNDO, ¿CÓMO SABER SI ES AMOR? (app)

To find out if a person loves you (performed an action of love for you) you can use the test present in the app Is it love? HERE

To find out if you love a person (you performed an action of love for the other being) you can use the test present in the app Is it love? HERE

 

NOTE: It should be understood that when talking about love or a healthy proposal of love in the Dasbien Theory, we refer to «actions of love» and people who perform an action of love; just like there are no good people or bad people, but people who do good actions and/or bad actions.

SOURCE: THE GOOD BOOK (Figueroa, 2018)

NOTE: TO GUIVE WELFARE FOUNDATION “DAS BIEN” recommends not keeping the information provided in this presentation; We recommend the reader friend to investigate more, review books, magazines, scientific publications, interview professionals, experts on the subject and further enrich their knowledge on the subject; and also if it is possible to share it with other people.

 

Visitas: 10

Translate »