Reflexión para parejas, familias y amistades que atraviesan tentaciones de daño
- La noche que Andrea dejó de reconocer su propia voz
Andrea y Miguel llevaban seis años de matrimonio cuando las discusiones empezaron a subir de tono. Él nunca se consideró un hombre violento —»yo no soy de esos», se decía—, hasta la noche en que, frustrado porque ella «no lo dejaba hablar», la empujó contra la pared. No fue un golpe cerrado, ni siquiera dejó marca. Pero algo se rompió esa noche que ninguno de los dos supo nombrar de inmediato.
Miguel durmió mal, y no por miedo a que ella lo denunciara. Durmió mal porque, al apagar la luz, se vio a sí mismo empujando a la mujer que decía amar, y esa imagen no encajaba con ninguna versión de sí mismo que pudiera sostener. Al día siguiente se justificó —»ella me provocó», «fue solo un empujón», «cualquiera hace eso alguna vez»— y por un rato el malestar bajó de intensidad. Pero volvió, más grande, dos semanas después, cuando gritó de nuevo y notó que su hija de ocho años se había quedado inmóvil en la puerta del cuarto, mirándolo con una expresión que él no había visto antes en ella: no era miedo exactamente. Era el principio de dejar de confiar.
Miguel empezó a evitar los espejos del baño mientras se afeitaba. Empezó a llegar tarde a casa, no porque tuviera dónde ir, sino porque no soportaba el silencio de la sala. Su rendimiento en el trabajo bajó —dormía mal, se distraía revisando en su cabeza la misma escena una y otra vez— y un compañero, sin saber por qué, le preguntó si estaba enfermo. Andrea, por su parte, dejó de contarle a Miguel sus días como antes: no por venganza, sino porque una parte de ella ya no sentía que fuera seguro hacerlo. Los dos se alejaron, cada uno rumiando su propia versión del mismo incidente, y la casa que habían construido durante seis años empezó a sentirse, para ambos, como un lugar donde había que caminar con cuidado.
Miguel buscó ayuda después de que su hija, meses más tarde, le preguntó en voz baja si «mamá y tú se van a separar como los papás de mi amiga». Fue esa pregunta, no una amenaza legal ni una intervención externa, la que lo hizo sentarse frente a un psicólogo por primera vez en su vida. Lo que aprendió ahí resume lo que este artículo intenta explicar con evidencia: «Yo creía que ese empujón me devolvía el control de la discusión. Lo que perdí fue el sueño, la mirada de mi hija y la confianza de mi esposa, durante meses, por tres segundos de sentirme fuerte. Si alguien me pregunta si valió la pena, ya sé la respuesta: no hay discusión que se gane empujando a quien amas, porque la cuenta que te cobra por dentro es siempre más cara que la que crees ganar afuera.»
Este texto está escrito para parejas, familias y amistades que sienten, en algún momento de un conflicto, la tentación de hacer daño —a golpes, con una traición, con un robo— para «ganar» algo: control, desahogo, ventaja, venganza. La pregunta de siempre, incómoda y sencilla: ¿por qué creemos que dañar a quien amamos nos conviene, cuando la evidencia psicológica muestra, una y otra vez, que el daño regresa multiplicado sobre quien lo causa, mucho antes de que cualquier tribunal o ruptura lo haga?
- La paradoja: nadie destruye su propio vínculo a propósito
Observe cualquier ser vivo y llegará a la misma conclusión: nadie busca, como fin último, la ruina de aquello que necesita para sobrevivir emocionalmente. Todo organismo actúa orientado a su bienestar (Baumeister & Vohs, 2007; Ryan & Deci, 2000), y el vínculo afectivo —de pareja, familiar o de amistad— es, según toda la evidencia sobre necesidad de pertenencia, uno de los recursos más determinantes de ese bienestar: Baumeister y Leary (1995) documentaron que la necesidad de pertenecer y ser aceptado por otros es tan fundamental como cualquier necesidad biológica, y que su ruptura predice malestar psicológico de forma más consistente que casi cualquier otra variable social. Quien golpea, quien es infiel, quien roba a alguien que ama, no busca destruir el vínculo: busca, casi siempre, algo más pequeño e inmediato —control, alivio, validación, compensación por una carencia— y termina destruyendo, como daño colateral, exactamente aquello que más necesitaba conservar.
2.1. Golpear: la ilusión del control que se convierte en cárcel propia
Holtzworth-Munroe y Stuart (1994), en su revisión clásica sobre hombres que ejercen violencia hacia su pareja, documentaron que la mayoría no encaja en el estereotipo del «monstruo» sin remordimiento: buena parte actúa desde una desregulación emocional aguda —ira, celos, sensación de pérdida de control— que la violencia calma por un instante y agrava después. Ese instante de alivio es la trampa: Gross (1998) mostró que las estrategias de regulación emocional que descargan el malestar sobre otra persona ofrecen manejo inmediato pero cobran factura a mediano plazo, porque no resuelven la emoción de fondo, solo la desplazan.
Lo que viene después es la misma disonancia cognitiva que describió Festinger (1957): el choque entre «yo amo a esta persona» y «yo le hice daño». Aronson (1999) precisó que esta disonancia se vuelve insoportable cuando amenaza la identidad moral —dejar de verse a sí mismo como alguien decente—, y en el contexto íntimo esa amenaza es total, porque no hay a quién ocultarle el propio reflejo en la relación más cercana que se tiene. La violencia interpersonal, documentan Anderson y Bushman (2002) en su revisión sobre agresión humana, se relaciona sistemáticamente con mayor ansiedad, depresión y una autoimagen fracturada en quien la ejerce, no solo en quien la recibe. Y hay un costo adicional específico del vínculo íntimo: quien golpea a su pareja o a un familiar sabe, aunque no lo diga, que ha convertido en zona de peligro el único lugar donde debería sentirse completamente seguro. Esa hipervigilancia crónica —revisar el humor del otro antes de hablar, calcular qué palabra puede detonar la próxima escalada— es el mismo estrés fisiológico corrosivo que McEwen (2007) documentó como dañino para el sistema inmune, el sueño y el equilibrio emocional, y no distingue entre quien lo sufre y quien, por haberlo causado, ahora también vive perpetuamente alerta a las consecuencias.
2.2. La infidelidad: el atajo que destruye la confianza que sostenía el propio bienestar
La infidelidad ocurre, según la investigación clínica más citada sobre el tema, con más frecuencia de la que se admite públicamente, y es descrita de forma consistente por terapeutas de pareja como uno de los eventos más difíciles de tratar en consulta (Gordon, Baucom & Snyder, 2004). Quien es infiel busca casi siempre algo comprensible en sí mismo —validación, novedad, huida de un vacío— pero la evidencia clínica muestra que el resultado típico no es el alivio buscado, sino una experiencia traumática compartida: los propios autores documentan que el descubrimiento de una infidelidad provoca síntomas equiparables al estrés postraumático en la persona traicionada, y una escalada de vergüenza, culpa y pérdida de autoestima en quien la cometió, incluso cuando la infidelidad permanece oculta.
Aquí opera con fuerza el mismo mecanismo de autodeshumanización que documentaron Bastian, Jetten y Haslam (2012): quienes reconocen —aunque sea solo ante sí mismos— el daño que causaron tienden a verse como menos dignos, menos merecedores de la relación que traicionaron, lo cual paradójicamente erosiona su capacidad de reparar el vínculo justo cuando más la necesitarían. Y aparece también la herida moral que describieron Litz y colegas (2009) y que Shay (2014) vincula con la degradación de la identidad: quien es infiel no solo teme ser descubierto, deja de reconocerse como la persona que prometió fidelidad, y esa fractura interna persiste exista o no exista descubrimiento externo. El «beneficio» de la infidelidad —el instante de validación o escape— es, en la enorme mayoría de los casos documentados clínicamente, muchísimo más corto que el deterioro de confianza, autoestima y estabilidad emocional que le sigue.
2.3. El robo entre quienes se aman: la traición que rompe el contrato invisible
Robar a la pareja, a un familiar o a un amigo cercano —dinero, un objeto de valor sentimental, una oportunidad— tiene una particularidad que el robo entre desconocidos no tiene: ocurre dentro de una relación de confianza que, por definición, hacía ese robo posible. Freyd (1996), en su trabajo sobre traición y trauma, documentó que el daño causado por alguien de quien se depende y en quien se confía —un padre, un hermano, una pareja— genera una lesión psicológica cualitativamente distinta a la causada por un extraño, precisamente porque obliga a la víctima a procesar el peligro y la cercanía al mismo tiempo. Lo que la investigación sobre este tipo de traición muestra, del lado de quien la comete, es igual de revelador: quien roba a alguien cercano no puede recurrir después a la misma indiferencia que usaría con un desconocido, porque debe seguir viendo a esa persona en la mesa familiar, en la cama compartida, en la próxima reunión de amigos. La hipervigilancia resultante —cuidar que no se note el objeto que falta, sostener una mentira ante quien te conoce mejor que nadie— es exactamente el mismo mecanismo de estrés crónico documentado por McEwen (2007), aplicado ahora a la relación que en teoría debería ser el refugio más seguro de la persona.
- El catálogo de los atajos íntimos: tres formas de daño que parecen desahogo o estrategia
El golpe o el empujón «que no fue para tanto». La minimización es el primer paso de la trampa: «solo fue un empujón», «no le pegué de verdad». Pero la evidencia sobre el impacto psicológico de la violencia de pareja, incluso en su forma más leve, muestra que erosiona la seguridad percibida del vínculo de manera desproporcionada a la gravedad física del acto (Holtzworth-Munroe & Stuart, 1994). Quien lo hace por primera vez y no lo enfrenta a tiempo tiene, según la misma literatura, un riesgo considerablemente mayor de repetirlo, porque cada episodio no enfrentado reduce el umbral de la siguiente escalada.
La infidelidad «que nunca se sabrá». El cálculo de que el daño solo existe si se descubre ignora la evidencia clínica: el costo psicológico para quien es infiel —la vigilancia interna, la fragmentación entre la persona que dice ser y la que actuó, la erosión silenciosa de la intimidad real con su pareja— ocurre exista o no exista descubrimiento (Gordon, Baucom & Snyder, 2004). La relación se sigue deteriorando aunque el secreto se sostenga, porque quien vive con ese secreto ya no puede entregarse a la relación con la misma honestidad de antes.
El robo «que se lo debía» o «no se va a dar cuenta». Tomar dinero de un padre mayor, apropiarse de una herencia compartida de forma desleal, aprovechar el acceso íntimo a la cuenta de la pareja: cada justificación («me lo debía», «yo también aporté», «no lo necesita tanto como yo») es, en la estructura que documentaron Mazar, Amir y Ariely (2008) sobre el engaño en pequeñas dosis, exactamente el tipo de racionalización que permite a alguien que se cree honesto cometer una deshonestidad sin sentirse, en el momento, como un ladrón. El costo llega después, cuando el descubrimiento —casi inevitable en relaciones cercanas y sostenidas en el tiempo— convierte la confianza rota en algo que ninguna devolución de dinero repara del todo.
- Lo que el vínculo vivo hace distinto: el amor como oficio cotidiano
Hasta aquí, el argumento central: dañar a quien se ama —a golpes, con infidelidad o con robo— es un pésimo negocio psicológico para quien lo hace, incluso dejando de lado por completo el daño a la otra persona. Pero señalar el problema sin ofrecer una alternativa concreta deja al lector solo con la advertencia. Aquí es donde entra la Teoría de la Vida DASBIEN (Figueroa Cárdenas, 2010, 2025, 2026), pensada precisamente para este tipo de vínculo.
4.1. El Triángulo del Amar en la vida diaria de pareja y familia
DASBIEN define el amor como práctica interaccional orientada al bienestar del otro, mediante tres momentos inseparables: subjetivar (conocer genuinamente qué necesita el otro, desde su perspectiva y no desde la propia conveniencia), intencionar (actuar deliberadamente para proporcionarle ese bien) y retroalimentar (verificar si efectivamente lo recibió). Omitir cualquiera de los tres produce lo que la teoría llama pseudo-amor: la simulación de cuidado que sostiene el vínculo hacia afuera mientras lo vacía por dentro. Miguel, en la historia inicial, había dejado de subjetivar a Andrea —de intentar entender genuinamente su frustración— mucho antes de empujarla; el empujón fue solo el síntoma visible de un triángulo que ya llevaba tiempo roto.
Aplicado a la tentación de dañar: quien está a punto de golpear, de ser infiel o de robar a alguien que ama está, casi siempre, en un momento de necesidad real —de ser escuchado, de sentirse deseado, de resolver una carencia económica— que no encontró un canal legítimo de expresión. El Triángulo del Amar no es un mandato moral abstracto: es, literalmente, la ruta que resuelve esa misma necesidad sin destruir el vínculo que la podría satisfacer de forma sostenible. Subjetivar la propia frustración antes de actuar, intencionar una conversación honesta en lugar de una descarga física o un secreto, y retroalimentar —preguntar, después, si el otro realmente recibió lo que se le quiso dar— es, en términos prácticos, la diferencia entre una relación que se repara sola y una que acumula daño en silencio hasta que explota.
4.2. Los Tres Sentidos del Amor: por qué dañar a quien amamos nos deja con los tres grifos cerrados
El modelo añade los Tres Sentidos del Amor: recibir amor de otros, dar amor al propio ser, y dar amor a otros seres. Quien golpea, es infiel o roba suele estar, en el fondo, drenando un canal herido —sentirse no amado, no deseado, no reconocido— y termina taponando los otros dos: deja de darse amor a sí mismo (pierde el sueño, la autoestima, la capacidad de mirarse al espejo) y deja de dar amor real a quien dañó (sustituye el cuidado genuino por control, secreto o desconfianza). El resultado es una persona con los tres grifos cerrados, preguntándose por qué, a pesar de haber «ganado» el control de la discusión, la validación de la aventura o el dinero robado, se siente cada vez más sola.
4.3. La Zona de Equilibrio de Interacción: la pregunta que evita el daño antes de que ocurra
La teoría propone la Zona de Equilibrio de Interacción (ZIE): una relación es sana solo si mejora a ambas partes sin destruir el entorno compartido que las sostiene —la confianza familiar, el hogar, la red de amistades comunes. La pregunta ZIE, aplicada al instante exacto antes de un golpe, una infidelidad o un robo, tiene tres brazos: ¿esto me deja mejor a mí, de verdad, más allá del alivio de los próximos cinco minutos? ¿deja mejor a la persona que amo? ¿deja mejor la relación que compartimos? Ninguna de las tres formas de daño de este artículo pasa esa prueba, y quien la practica acumula lo que la teoría llama entropía no reparada: daño que nunca se transformó en aprendizaje a tiempo. Las relaciones que terminan en ruptura irreversible rara vez colapsan por el último incidente: colapsan por años de esa entropía que nadie detuvo cuando todavía era pequeña.
- Otra historia, para terminar de convencer
Carla tomó, durante casi dos años, pequeñas cantidades de la cuenta compartida con su hermano para cubrir sus propios gastos, sin decírselo, convencida de que «yo también invertí tiempo cuidando a mamá, así que me lo merezco un poco más que él». La cifra creció despacio, casi sin que ella lo notara, hasta que su hermano, revisando los estados de cuenta para un trámite, encontró retiros que no cuadraban.
No hubo un grito ni una denuncia. Su hermano le hizo una sola pregunta: «¿Por qué no me lo pediste, si de verdad lo necesitabas?» Esa pregunta desarmó a Carla de una forma que ninguna acusación habría logrado. Se dio cuenta, esa misma tarde, de que llevaba dos años evitando las reuniones familiares completas, inventando excusas para no coincidir demasiado tiempo con él, viviendo con un nudo en el estómago cada vez que alguien mencionaba el dinero de la herencia. Había ganado, en esos dos años, una cantidad de dinero que hoy describe como «insignificante comparada con lo que perdí»: la posibilidad de mirar a su hermano sin calcular qué sabía y qué no.
Lo que hizo después no fue dramático: devolvió lo que pudo, propuso un plan de pago para el resto, y le pidió a su hermano que hablaran, por primera vez en años, sobre lo que cada uno sentía que había aportado o sacrificado cuidando a su madre. La conversación fue incómoda, pero real. Hoy dice que gana menos margen en su presupuesto mensual del que «ganaba» robando en silencio, pero que duerme, por primera vez en dos años, sin hacer cuentas en la cabeza a las tres de la mañana.
Su historia y la de Miguel son la misma historia en dos formas distintas de daño: lo que se roba, se golpea o se traiciona dentro de un vínculo cercano se cobra a quien lo hace, con o sin descubrimiento externo. Ninguno de los dos fue denunciado ante una autoridad. Se cobraron solos, con el único juez que no se puede sobornar ni evitar: el que vive dentro, y que en los vínculos más cercanos tiene la costumbre de pasar factura completa, tarde o temprano.
- Diez preguntas para el próximo momento de tentación
- ¿Qué necesidad real —no la excusa, la necesidad de fondo— estoy tratando de resolver golpeando, siendo infiel o tomando algo que no es mío?
- ¿Esta acción me deja mejor a mí, de verdad, más allá del alivio de los próximos cinco minutos?
- ¿Podría decirle a la persona que amo, hoy mismo y con las mismas palabras, lo que estoy a punto de hacer?
- ¿Cuánto tiempo llevo evitando una conversación honesta sobre lo que realmente me frustra, me falta o me duele en esta relación?
- ¿A quién estoy a punto de convertir en «el que me provocó», «el que no se dará cuenta» o «el que se lo merece menos que yo», para poder hacerle algo que no le haría a un desconocido que respeto?
- ¿Qué reparación concreta debo ya —una disculpa honesta, un dinero devuelto, una verdad dicha— y qué me cuesta más: hacerla ahora o seguir cargándola?
- ¿Duermo completo, sin vigilar mis propios gestos frente a la persona que amo?
- ¿Cuándo fue la última vez que le pregunté, de verdad, qué necesita de mí, y esperé la respuesta sin defenderme?
- ¿Recibo amor genuino de mi pareja o mi familia, me lo doy a mí mismo cuidando mi propia integridad, y se lo doy de vuelta sin condiciones ocultas? ¿O tengo los tres grifos cerrados?
- Si esta relación terminara hoy, ¿qué quedaría de mí en el recuerdo de esa persona: alguien que la cuidó, o alguien de quien tuvo que cuidarse?
Siete o más respuestas honestas: el vínculo está vivo y el daño encuentra poco terreno para crecer. Menos de cuatro: alguna forma de daño ya empezó, y quien lo causa ya está pagando, aunque todavía no lo note del todo.
- Conclusión: el peor negocio de la vida íntima
Toda la evidencia revisada —de Festinger a Holtzworth-Munroe y Stuart, de Gordon, Baucom y Snyder a Freyd, de Bastian a la Teoría DASBIEN— converge en una sola afirmación, que conviene sostener incluso desde el argumento más egoísta posible: dañar a quien amamos —a golpes, con infidelidad o con robo— es el peor negocio emocional que existe para quien lo hace. Se cambia un alivio de minutos por una vigilancia de meses o años, un control momentáneo por una soledad progresiva, una ganancia pequeña por la erosión del único lugar donde se supone que uno puede bajar la guardia. No hace falta apelar solo a la ética o al daño ajeno para desalentarlo: basta con mostrar, con evidencia, que ni siquiera le conviene a quien lo hace.
Y aquí hay una responsabilidad doble. La primera es personal: entender que el bienestar propio —incluso calculado con el egoísmo más frío— depende de la salud del vínculo que se está tentado a dañar, no de su sumisión ni de su silencio. La segunda es relacional: enseñar, desde el primer conflicto de pareja o de familia, que el atajo del golpe, la traición o el robo nunca es una solución, sino una decisión contra uno mismo con fecha de cobro. Quien cuida el vínculo que tiene cosecha décadas de confianza; quien lo daña buscando un alivio inmediato cosecha, tarde o temprano, la misma soledad que intentaba evitar.
Miguel, meses después de empezar terapia, resumió lo que hoy le repite a cualquier amigo que le confiesa haber «perdido el control» con su pareja: «Yo creía que necesitaba ganar esa discusión. Lo que en realidad necesitaba era que alguien me enseñara a perder una discusión sin perderme a mí mismo. El empujón duró tres segundos. La desconfianza de mi hija duró meses. Si el amor enseñara solo una cosa, debería ser esta: lo que se rompe a la fuerza en la casa, se paga en la casa, y nadie más presenta la factura que uno mismo.»
Referencias
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