Los ojos que no se pueden sobornar: por qué maltratar, abandonar o explotar animales termina destruyendo al que lo hace

 

Reflexión para refugios, rescatistas independientes, voluntarios y todos los que comparten la calle con animales

1. El refugio que nadie podía entrar a ver

En las afueras de la ciudad, al final de una calle sin pavimentar, don Clemente tenía un refugio de animales. O eso decía el letrero pintado a mano: «Refugio Esperanza: adopta, no compres». Todo empezó con tres perros rescatados de un drenaje en 2015. Clemente los subió a su camioneta, los curó con sus propios ahorros y colgó las fotos en redes. Las fotos se compartieron. Llegaron las donaciones: bolsas de concentrado, cobijas, dinero para «esterilizaciones». Y llegaron los animales: uno abandonado en la puerta del refugio, dos más en una caja junto al camino, una perra lactante atropellada que alguien dejó «solo por unos días».

Para 2019, don Clemente tenía noventa y dos animales. Para 2021, ciento cuarenta. Nadie sabía el número exacto, porque nadie —ni los voluntarios más antiguos— podía recorrer todo el terreno. Lo que se veía desde la reja bastaba: perros flacos con costras, gatos amontonados en jaulas oxidadas, un potrero sin sombra donde los huesos de las caderas se dibujaban como mapas. Las donaciones seguían llegando por redes, donde Clemente colgaba fotos de cachorros recién rescatados, sanos, fotogénicos. Los videos de rescate tenían miles de reproducciones. El refugio real, el que estaba detrás de la reja, no aparecía en ningún video.

La fiscalía ambiental no lo descubrió. Lo descubrió una voluntaria de diecinueve años que llevaba dos meses limpiando la zona «de las jaulas de exposición» —la única que se podía mostrar— y una tarde se coló por el pasillo prohibido. Lo que vio la hizo sentarse en el suelo. Escribió el hilo que incendió las redes: fotos, fechas, montos de donaciones que no llegaban en alimento. En dos días, el refugio fue intervenido, los animales distribuidos entre refugios serios, y don Clemente quedó con una investigación por maltrato y apropiación de donaciones.

Los periódicos lo pintaron como un monstruo. Quienes lo conocían de cerca contaban otra cosa, más incómoda: Clemente no empezó siendo un estafador. Empezó siendo un rescatista genuino, de los que se tiran a los drenajes. Pero en algún punto la matemática se volvió imposible —más animales que recursos, siempre— y en lugar de cerrar la puerta, cerró los ojos. Cada animal nuevo era una donación nueva, cada donación era una excusa para no decir «ya no puedo», y cada excusa dejaba otro animal comiendo del que no había. Para cuando la culpa pesaba demasiado para mirar el potrero, Clemente ya solo podía mirar la pantalla del teléfono, donde los cachorros seguían siendo fotogénicos y las transferencias seguían cayendo.

En su declaración ante el juez, dijo la frase que resume este artículo:

«Yo creía que rescataba animales. Al final me pasé cinco años huyendo de un potrero que yo mismo llené. Nadie me obligó a tener ciento cuarenta perros: yo los fui a buscar. La cárcel me asusta menos que lo que ya viví, que era saber, todas las noches, exactamente qué había detrás de la reja y no poder bajar del carro.»

Esta reflexión está escrita para rescatistas, voluntarios, veterinarios de zona, protectores independientes y dueños: para todo aquel que ama a los animales y, precisamente por eso, está expuesto a la forma más dulce y más peligrosa de hacerles daño. Porque hay algo que la evidencia —psicológica y empírica— repite sin excepciones: el daño a un animal también se cobra dentro de quien lo causa, y a veces el que más daño hace es el que cree estar salvando.

2. La paradoja: nadie persigue su propio sufrimiento

Observe cualquier ser vivo y llegará a la misma conclusión: nadie busca, como fin último, su propio daño. Todo organismo actúa orientado a su bienestar (Baumeister & Vohs, 2007; Ryan & Deci, 2000). El que abandona una camada en un río, el que pelea perros por apuestas, el que opera un criadero clandestino, el rescatista que acumula animales que no puede mantener: todos creen estar obteniendo algo —dinero, alivio, prestigio, calma—. Cree que el daño es el precio y el beneficio la ganancia. Pero la evidencia acumulada por la psicología en las últimas décadas muestra que la ecuación está invertida: el beneficio es breve, y el precio se paga durante años, dentro de quien lo ejecutó.

2.1. La conciencia cobra lo que la mente registra

La mente humana tiene una particularidad que los etólogos llevan décadas documentando: somos una especie que se construye relaciones con animales como si fueran personas (Serpell, 1996; Herzog, 2010). El niño llama «hermano» al perro; el anciano le habla al gato como al médico que no tiene. Esto significa que dañar a un animal dispara en la mayoría de las personas la misma maquinaria moral que dañar a una persona: aparece la disonancia cognitiva (Festinger, 1957), la fricción insoportable entre «yo soy buena persona» y «yo hice esto». Aronson (1999) precisó que la disonancia no duele por la inconsistencia de ideas, sino porque amenaza la identidad moral.

¿Y qué hace la mente para apagar ese fuego? Justificarse, con las frases que todo rescatista ha escuchado y todo maltratador ha usado: «es solo un animal» (deshumanización, que con animales es literal y funciona igual: niega la subjetividad del otro para que el acto pese menos; Bastian et al., 2012), «en el campo así es la cosa» (minimización), «yo lo rescaté, yo decido» (desplazamiento). Cada justificación calma el síntoma y agrava la enfermedad, porque el conflicto de fondo no desaparece: se instala (Harmon-Jones & Mills, 2019). La hipervigilancia del que pelea perros —escuchar si ladran los de la casa vecina, si alguien filmó, si alguien habló— es el estrés crónico que McEwen (2007) documentó como corrosor del sistema inmune, del sueño y del equilibrio emocional. La jaula no solo encierra al animal. Encierra, también, al que la maneja.

2.2. La herida moral: la enfermedad que la carne no esconde

Litz y sus colegas (2009) acuñaron el concepto de herida moral: el sufrimiento que queda cuando uno comete, tolera o facilita actos que violan sus propios valores más profundos. No es estrés ni miedo; es una culpa que no pasa, una vergüenza que se adhiere a la identidad y la pérdida del norte interno. Shay (2014) añade el dato decisivo: la herida moral degrada la identidad. El que daña ya no solo se siente mal; deja de reconocerse. Y los estudios sobre maltrato animal añaden una capa propia: quienes abusan de animales muestran, de manera consistente, déficits y distorsiones en la empatía que luego se pagan en todos sus vínculos —la investigación sobre violencia interpersonal ha documentado durante décadas la correlación entre crueldad animal en la juventud y violencia hacia personas después (Ascione, 1993; Lockwood & Ascione, 1998; Flynn, 2000). El que ensaña con un animal no «practica» solo con animales: está entrenando un circuito emocional que tarde o temprano buscará otro blanco, y el primer blanco disponible suele ser él mismo.

Y aquí aparece la autodeshumanización, el mecanismo más perverso de todos. Bastian, Jetten y Haslam (2012) encontraron que quienes reconocen el daño que causaron tienden a verse a sí mismos como menos humanos: menos dignos, menos cálidos, menos valiosos. Es una defensa («si no soy tan persona, lo que hice pesa menos»), pero tiene un costo brutal: depresión, ansiedad, ideación suicida y deterioro de todos los vínculos (Bastian & Haslam, 2011). Hay algo que los rescatistas saben por experiencia y la psicología confirma: el perro no miente. Los ojos de un animal que uno maltrató —o que uno dejó de ver, detrás de la reja, durante años— funcionan como el espejo más honesto que existe. Ningún justificativo sobrevive a esa mirada. Por eso don Clemente no podía bajar del carro.

2.3. La factura empírica: qué les pasa realmente a quienes dañan

La evidencia ya no es anecdótica. Quienes ejercen violencia o fraude interpersonal muestran, de manera robusta y controlando variables socieducativas, más depresión, ansiedad, estrés, sensación de irrealidad e ideación suicida que quienes no tienen historial de conductas dañinas (Gilbert et al., 2012). La depresión del perpetrador nace de la culpa y de la mirada negativa hacia sí mismo que produce haber quebrado algo moral (Stuewig et al., 2010). La ansiedad es literalmente la del castigo esperado —legal, social o simplemente la vuelta a casa, donde alguien te espera con la mirada intacta— (Tangney et al., 2014). Y quienes causan daño grave pueden desarrollar trastorno de estrés postraumático por perpetración (MacNair, 2002; Litz et al., 2009): años después, reviven la escena en sueños. El veterinario que aceptó «dormir» animales sanos por dinero, el chico que apostó en las peleas, el rescatista que supo y no actuó: la mente no distingue entre el daño hecho con un cable y el hecho con un silencio. La factura llega igual, y llega por dentro.

3. El catálogo de los atajos: seis trampas que huelen a carne podrida

Para que el argumento no quede en abstracción, conviene recorrer las formas concretas en que el daño a los animales se disfraza —a veces de costumbre, a veces de amor— y lo que le cuesta a quien lo ejecuta.

El abandono «compasivo». La camada que se deja «en un lugar mejor», el perro viejo que se suelta «para que corra», el gato que se deja en el campo «que los caza». El que abandona se va sintiéndose casi generoso. Lo que deja atrás es un animal que muere de hambre, de atropello o de miedo, y una certeza que se instala en el pecho: saber exactamente qué hiciste, con qué manos, en qué curva. Herzog (2010) lo formuló con crudez: la mente humana es experta en declarar «no fue mi responsabilidad» justo después de soltar la correa. El abandono es quizá la forma más común de maltrato, y la que más justificativos baratos genera. Ninguno funciona a las tres de la mañana.

Las peleas y las apuestas. El dinero de las peleas dura lo que el ruido de la noche. Lo que dura años es el circuito: la adrenalina que ya no se apaga sin violencia, los conocidos que ya no son amigos sino complices —y los cómplices no se perdonan entre sí, se vigilan—, y la mirada de los perros que uno entrenó a desconfiar de toda mano. La investigación sobre violencia interpersonal es clara: la crueldad animal no es un capítulo aislado de una mala vida; es el primer capítulo de un patrón que se repite (Ascione, 1993; Lockwood & Ascione, 1998). El que pelea perros termina peleando, tarde o temprano, con todo lo que ama.

Los criaderos clandestinos. La perra que pare cada celo, las camadas en jaulas, los cachorros vendidos con vacunas falsas y papeles inventados. El dinero parece fácil hasta que la cuenta llega: animales enfermos devueltos enojados, denuncias, una casa que huele a orina y a culpa, y una reputación que ya no se lava. Y debajo, el mecanismo de siempre: nadie que amasa dinero sobre jaulas oxidadas puede contarle a sus hijos de dónde salió. La vergüenza es un activo que no se declara, pero se paga.

El tráfico de fauna silvestre. El lorito que «se lo encontró», la tortuga que «regaló un primo», el huevo de iguana que «es solo uno». El tráfico de especies es de los negocios más crueles que existen porque su materia prima muere en las manos: por cada animal que llega vivo a una jaula, varios mueren en el traslado. Quien participa —aunque sea en la esquina mínima del negocio— acumula una herida moral de las profundas, porque sabe, por más que se encoja de hombros, que su mercancía gritaba. La naturaleza no acepta devoluciones.

El acaparamiento disfrazado de rescate (el refugio-fosa). El caso de don Clemente no es raro: es un patrón documentado. Personas que empiezan rescatando y terminan acumulando animales que no pueden alimentar, esterilizar ni atender, mientras las donaciones se convierten en la excusa para no parar. La motivación real casi nunca es codicia: es una herida emocional que el rescatista intenta curar acumulando «salvados» (Herzog, 2010). Pero la función importa menos que el resultado: ciento cuarenta perros flacos detrás de una reja que dice «Esperanza». El acaparador es, al final, el maltratador más triste del catálogo: hace daño convencido de hacer el bien, y por eso su herida moral es de las que más tardan en cerrar.

La estafa y el descuido institucional. La fundación que cobra donaciones y no esteriliza, el refugio que maquilla cifras para los patrocinadores, el voluntariado que quema a sus jóvenes «por la causa» hasta que se van con trauma, los «sacrificios» de animales sanos que nadie explica. Cada eslabón roto cobra dos veces: al animal, que recibe menos de lo prometido, y al equipo humano, que absorbe la herida moral del encubrimiento —Litz et al. (2009) documentaron que tolerar el daño ajeno produce la misma lesión que cometerlo—. Los refugios que cierran no mueren por falta de croquetas: mueren por los años de silencios incómodos entre voluntarios que dejaron de mirarse a la cara.

En todos los casos, la estructura del error es idéntica: beneficio inmediato pequeño, costo diferido enorme, y la certeza de que el daño siempre regresa al origen. El maltrato —activo o tolerado, con cables o con silencios— no es una estrategia. Es un préstamo usurario contra uno mismo, cuya letra de cobro nunca muestra el monto total el día que se firma.

4. Lo que el rescate vivo hace distinto: el amor como oficio con casos y números

Hasta aquí, la mayor parte del argumento: dañar animales —o acumularlos sin poder cuidarlos— es un mal negocio psicológico para quien lo hace. Pero la crítica sin salida produce cinismo, no cambio. Aquí entra la Teoría de la Vida DASBIEN (Figueroa, 2010, 2025, 2026), no como decoración, sino como sistema operativo del rescate serio: una descripción precisa de cómo funciona el bienestar real entre seres vivos, y de por qué el pseudo-amor —incluido el pseudo-amor a los animales— lo descompone todo.

4.1. El Triángulo del Amar como protocolo de refugio

La teoría DASBIEN define el amor como práctica interaccional orientada al bienestar del otro, con tres momentos inseparables: subjetivar (conocer genuinamente qué es bueno para el otro desde su perspectiva), intencionar (actuar deliberadamente para proporcionar ese bien) y retroalimentar (verificar con el otro si efectivamente recibió algo bueno). Omitir cualquiera de los tres produce pseudo-amor: la simulación de cuidado que mantiene el vínculo mientras lo vacía.

Aplicado a los animales, el triángulo se vuelve protocolo, no sentimiento. Subjetivar a un perro es conocer su especie, su historia, su miedo real —no el que nosotros proyectamos—: es saber que un galgo traumatizado no necesita «mimos», necesita silencio y distancia primero. Intencionar es actuar sobre eso: esterilizar, vacunar, socializar, conseguir adopción verdadera, no acumular. Y retroalimentar es la pieza que faltaba en el refugio de don Clemente: verificar. Pesar al animal cada mes. Llevar la curva de salud. Contar bocas y cruzarlas con bolsas de alimento. Preguntarse, con datos y no con la sensación de la pantalla: ¿este animal está mejor que el mes pasado? La etología lleva décadas diciendo que los animales tienen estados emocionales legibles —miedo, apego, alivio— (Bekoff, 2007); la retroalimentación es simplemente la disciplina de leerlos en serio. El rescatista que cierra el triángulo no se pregunta «¿cuántos rescates tengo?» sino «¿cuántos casos cerré bien?». Y esa pregunta, sola, hubiera salvado al refugio Esperanza: el límite —»no entran más animales hasta que salgan adoptados los que tengo»— es la forma más alta de amor que existe en este oficio.

4.2. Los Tres Sentidos del Amor: el rescatista también entra en la jaula

El modelo añade los Tres Sentidos del Amor: recibir amor de otros, dar amor a nuestro propio ser, y dar amor a otros seres. El rescatista agotado —el «síndrome del rescatista», el voluntario quemado que ya no duerme, ya no come, ya no ríe— tiene los tres canales obstruidos: no recibe (la causa es insaciable y nadie lo abraza), no se da (descuida su cuerpo, su trabajo, su familia «por los animales»), y lo que da ya no es amor sino desesperación disfrazada. El resultado es un humano roto sirviendo a animales cada vez peor. DASBIEN lo afirma sin rodeos: el amor que excluye al que ama no es amor, es fuga. La regla práctica es antigua y la teoría la confirma: no puedes sacar de un cántaro vacío. El rescatista que descansa, que acepta ayuda, que dice «no puedo con este caso» —que se ama a sí mismo lo suficiente para seguir entero— es el único que podrá amar a los animales durante treinta años y no durante tres.

4.3. La Zona de Equilibrio de Interacción y la entropía no reparada

La teoría propone la Zona de Equilibrio de Interacción: una relación es sana solo si mejora a ambas partes y no destruye el entorno compartido. La pregunta ZIE para cualquier refugio tiene tres brazos: ¿el animal florece? ¿el equipo humano florece? ¿el barrio y el ecosistema mejoran? (Una colonia de gatos alimentada sin esterilizar viola el tercer brazo: el vecindario se llena, los animales se enferman, la comunidad se vuelve hostil, y al final sufren los mismos gatos.) Lo que acumula quien rompe los brazos tiene nombre en la teoría: entropía no reparada —daño que no se transformó en mejor reparación. Y la advertencia final es contundente: un sistema con sensor, alerta y estructura presentes pero sin aprendizaje en ninguno no está vivo; es un cadáver que aún se mueve. Los refugios que colapsan no caen de golpe: llevan años de entropía silenciosa —casos no procesados, voluntarios que se fueron sin que nadie preguntara por qué, animales que nadie volvió a pesar—. La reparación concreta —admitir un error, devolver una donación mal usada, derivar animales a otro refugio, pedir ayuda antes del colapso— no es debilidad: es el mecanismo con que una organización convierte la entropía en aprendizaje y sigue viva.

5. Otra historia, para terminar de convencer

Bruno creció en un barrio donde los perros de pelea eran moneda de cambio. A los catorce ya cuidaba el perro de un vecino que apostaba los sábados; a los dieciséis tenía el suyo, un pitbull al que llamaba Tanque y al que enseñó, golpeándolo, a no soltar. Ganó dinero. Ganó miedo ajeno, que en ese barrio se confunde con respeto. Ganó también algo que no había pedido: empezó a soñar con los perros que perdían. Los que ya no servían.

La noche que lo cambió todo no fue una redada ni una tragedia cinematográfica. Fue una tarde de lluvia en la que encontró a una perra herida en el canal —cruce de pitbull, costillas como costal, la mirada idéntica a la de Tanque cuando nadie lo miraba a él—. La subió a la bicicleta envuelta en su chaqueta y la llevó a un refugio del otro lado de la ciudad, con el corazón golpeando más fuerte que cuando apostaba. En la puerta del refugio le dijeron que estaba llena, que no había cupo, que volviera otro día. Bruno se sentó en el suelo con la perra en el regazo, bajo la lluvia, y no se movió. No era un gesto heroico: era que no sabía a dónde más ir. La voluntaria que salió a fumar lo encontró ahí, empapado, y dijo la frase que él repite hasta hoy: «Otra vez tú, mijo. Ven, pásale. Pero mañana me cuentas de dónde salen estos perros tuyos.»

Bruno confesó. Todo: las peleas, las apuestas, Tanque. No en una comisaría: en una cocina de refugio, con la perra del canal —a la que llamaron Lluvia— durmiendo curada en una caja. Lo que siguió fueron dos años de reparación concreta: trabajó en el refugio sin cobrar, aprendió etología canina, acompañó a la policía ambiental a las peleas que conocía de memoria. Hoy dirige el programa de rehabilitación de perros confiscados de ese mismo refugio, y Tanque —retirado, gris, panzón— duerme en una cama ortopédica junto a su escritorio.

Bruno nunca pisó una cárcel. Se cobró solo, primero, y luego aprendió a cobrar de otra manera: trabajando. «Yo no me hice bueno de un día para otro», dice cuando le preguntan. «Me hice cansado de correr. Y un día me di cuenta de que el único lugar donde no escuchaba a los perros que perdí era cuando estaba ayudando a uno que ganaba.»

Su historia, y la de don Clemente, son la misma historia en dos direcciones: el daño a los animales se cobra a quien lo causa, y el rescate hecho con oficio —con límite, con datos, con amor al que rescata y al que rescatan— es la única factura que llega en positivo.

6. Diez preguntas para la próxima junta de voluntarios o para el espejo del baño

  1. ¿Cuántos animales tengo bajo mi cuidado hoy, con número exacto, y cuántos puedo mantener bien este mes? ¿La primera cifra cabe en la segunda?
  2. ¿Cuándo fue la última vez que pesé, desparasité o llevé al veterinario a cada uno —no a los fotogénicos, a todos?
  3. ¿Qué animal estoy manteniendo «por amor» cuando en realidad necesita otra cosa: adopción, derivación, o una decisión difícil que no quiero tomar?
  4. ¿Mis donaciones tienen destino verificable? ¿Puedo mostrar, sin prepararme, cuánto entró y en qué se convirtió?
  5. ¿Cuándo fue la última vez que dije «no puedo con este caso»? Si nunca lo digo, ¿cuántos casos estoy haciendo mal sin saberlo?
  6. ¿Cómo está mi cuerpo: horas de sueño, comidas, llantos ajenos absorbidos? ¿Quién rescata al rescatista?
  7. ¿Qué daño tolero en silencio «por la causa»: un voluntario maltratando, una jaula que nadie limpia, una cifra maquillada? La herida moral del encubrimiento pesa igual que la del acto (Litz et al., 2009).
  8. ¿La colonia o el sector donde alimento animales está mejorando —esterilizados, sanos, contados— o solo estoy repitiendo la escena del plato de comida?
  9. ¿Recibo ayuda, me cuido y cuido de verdad: o tengo los tres grifos cerrados y me pregunto por qué estoy seco?
  10. Si mi refugio o mi trabajo de calle desapareciera mañana, ¿qué quedaría: animales que florecieron, personas formadas, un barrio más amable? ¿O solo una reja con un letrero?

Siete o más respuestas honestas: el rescate está vivo y el daño encuentra poco terreno. Menos de cuatro: alguna reja con letrero ya existe, y quien la puso ya está pagando.

7. Conclusión: el negocio más pobre del mundo

Todo lo que la evidencia muestra —de Festinger a Litz, de Serpell a Bastian, de la paradoja de la malevolencia a la Teoría DASBIEN— converge en una sola afirmación, y conviene decirla mirando a los ojos de cualquier animal, que es donde las afirmaciones se comprueban: dañar a un animal —o acumularlos sin poder cuidarlos— es el peor negocio psicológico que existe. Se cambia la paz por dinero que no alcanza, la libertad por vigilancia permanente, la identidad por una reja que uno mismo llenó. El que maltrata, abandona o explota no gana lo que cree ganar; adelanta lo que después pagará con intereses, en sueño, en salud, en soledad, en la mirada que ya no sostiene ni la de un perro.

Y quienes amamos a los animales tenemos aquí una doble responsabilidad. La primera, hacia afuera: decirle a cada niño, a cada vecino, a cada apostador, que el atajo —el abandono «compasivo», la pelea, el criadero, el «es solo un animal»— no es una infracción administrativa sino una decisión contra uno mismo, con fecha de cobro. La investigación lo respalda sin ambigüedad: la crueldad animal rara vez se queda en animal (Ascione, 1993; Lockwood & Ascione, 1998). La segunda, hacia adentro: revisar nuestro propio refugio, nuestro propio plato de comida en la calle, nuestro propio cansancio, con la misma lupa con que revisamos al vecino. El acaparamiento disfrazado de rescate, la donación sin destino, el voluntario quemado «por la causa»: son formas de daño que usan el idioma del amor, y por eso son las más difíciles de ver y las más caras de pagar.

Don Clemente, cuando le preguntaron en una entrevista por qué creía que el maltrato animal persistía si todos saben que destruye, respondió con la calma de quien ya pagó la cuenta completa:

«Persiste porque el precio no aparece en la factura inicial. Yo recibí el primer perro con las manos abiertas. La factura me llegó durante seis años, en las noches, mirando la reja. Si este oficio enseñara solo una cosa, debería ser esta: los ojos de un animal no se pueden sobornar. Ni los de ellos ni los que uno se queda mirando después, cuando apaga el teléfono.»

La paradoja de la malevolencia explica el mecanismo: el daño al otro —humano o animal— interrumpe los procesos que sostienen el propio bienestar. La Teoría DASBIEN completa el mapa: la alternativa no es el sacrificio sino el oficio del amor —subjetivar al animal de verdad, intencionar su bien real, retroalimentar con datos y no con fotos—, que es, literalmente, la única forma de rescatar que no se paga con la propia destrucción. El refugio que entienda ambas cosas no solo tendrá menos rejas con letreros. Será, en el sentido más riguroso de la palabra, un refugio vivo: aquel donde cada animal que entra sale mejor, cada voluntario que llega sale entero, y cada noche cierra sin deudas con los ojos que no mienten.

 

 

Referencias

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El amor que se cobra a sí mismo: por qué dañar a quien amamos —a golpes, con infidelidad o con robo— nos destruye primero a nosotros

 

Reflexión para parejas, familias y amistades que atraviesan tentaciones de daño

  1. La noche que Andrea dejó de reconocer su propia voz

Andrea y Miguel llevaban seis años de matrimonio cuando las discusiones empezaron a subir de tono. Él nunca se consideró un hombre violento —»yo no soy de esos», se decía—, hasta la noche en que, frustrado porque ella «no lo dejaba hablar», la empujó contra la pared. No fue un golpe cerrado, ni siquiera dejó marca. Pero algo se rompió esa noche que ninguno de los dos supo nombrar de inmediato.

Miguel durmió mal, y no por miedo a que ella lo denunciara. Durmió mal porque, al apagar la luz, se vio a sí mismo empujando a la mujer que decía amar, y esa imagen no encajaba con ninguna versión de sí mismo que pudiera sostener. Al día siguiente se justificó —»ella me provocó», «fue solo un empujón», «cualquiera hace eso alguna vez»— y por un rato el malestar bajó de intensidad. Pero volvió, más grande, dos semanas después, cuando gritó de nuevo y notó que su hija de ocho años se había quedado inmóvil en la puerta del cuarto, mirándolo con una expresión que él no había visto antes en ella: no era miedo exactamente. Era el principio de dejar de confiar.

Miguel empezó a evitar los espejos del baño mientras se afeitaba. Empezó a llegar tarde a casa, no porque tuviera dónde ir, sino porque no soportaba el silencio de la sala. Su rendimiento en el trabajo bajó —dormía mal, se distraía revisando en su cabeza la misma escena una y otra vez— y un compañero, sin saber por qué, le preguntó si estaba enfermo. Andrea, por su parte, dejó de contarle a Miguel sus días como antes: no por venganza, sino porque una parte de ella ya no sentía que fuera seguro hacerlo. Los dos se alejaron, cada uno rumiando su propia versión del mismo incidente, y la casa que habían construido durante seis años empezó a sentirse, para ambos, como un lugar donde había que caminar con cuidado.

Miguel buscó ayuda después de que su hija, meses más tarde, le preguntó en voz baja si «mamá y tú se van a separar como los papás de mi amiga». Fue esa pregunta, no una amenaza legal ni una intervención externa, la que lo hizo sentarse frente a un psicólogo por primera vez en su vida. Lo que aprendió ahí resume lo que este artículo intenta explicar con evidencia: «Yo creía que ese empujón me devolvía el control de la discusión. Lo que perdí fue el sueño, la mirada de mi hija y la confianza de mi esposa, durante meses, por tres segundos de sentirme fuerte. Si alguien me pregunta si valió la pena, ya sé la respuesta: no hay discusión que se gane empujando a quien amas, porque la cuenta que te cobra por dentro es siempre más cara que la que crees ganar afuera.»

Este texto está escrito para parejas, familias y amistades que sienten, en algún momento de un conflicto, la tentación de hacer daño —a golpes, con una traición, con un robo— para «ganar» algo: control, desahogo, ventaja, venganza. La pregunta de siempre, incómoda y sencilla: ¿por qué creemos que dañar a quien amamos nos conviene, cuando la evidencia psicológica muestra, una y otra vez, que el daño regresa multiplicado sobre quien lo causa, mucho antes de que cualquier tribunal o ruptura lo haga?

  1. La paradoja: nadie destruye su propio vínculo a propósito

Observe cualquier ser vivo y llegará a la misma conclusión: nadie busca, como fin último, la ruina de aquello que necesita para sobrevivir emocionalmente. Todo organismo actúa orientado a su bienestar (Baumeister & Vohs, 2007; Ryan & Deci, 2000), y el vínculo afectivo —de pareja, familiar o de amistad— es, según toda la evidencia sobre necesidad de pertenencia, uno de los recursos más determinantes de ese bienestar: Baumeister y Leary (1995) documentaron que la necesidad de pertenecer y ser aceptado por otros es tan fundamental como cualquier necesidad biológica, y que su ruptura predice malestar psicológico de forma más consistente que casi cualquier otra variable social. Quien golpea, quien es infiel, quien roba a alguien que ama, no busca destruir el vínculo: busca, casi siempre, algo más pequeño e inmediato —control, alivio, validación, compensación por una carencia— y termina destruyendo, como daño colateral, exactamente aquello que más necesitaba conservar.

2.1. Golpear: la ilusión del control que se convierte en cárcel propia

Holtzworth-Munroe y Stuart (1994), en su revisión clásica sobre hombres que ejercen violencia hacia su pareja, documentaron que la mayoría no encaja en el estereotipo del «monstruo» sin remordimiento: buena parte actúa desde una desregulación emocional aguda —ira, celos, sensación de pérdida de control— que la violencia calma por un instante y agrava después. Ese instante de alivio es la trampa: Gross (1998) mostró que las estrategias de regulación emocional que descargan el malestar sobre otra persona ofrecen manejo inmediato pero cobran factura a mediano plazo, porque no resuelven la emoción de fondo, solo la desplazan.

Lo que viene después es la misma disonancia cognitiva que describió Festinger (1957): el choque entre «yo amo a esta persona» y «yo le hice daño». Aronson (1999) precisó que esta disonancia se vuelve insoportable cuando amenaza la identidad moral —dejar de verse a sí mismo como alguien decente—, y en el contexto íntimo esa amenaza es total, porque no hay a quién ocultarle el propio reflejo en la relación más cercana que se tiene. La violencia interpersonal, documentan Anderson y Bushman (2002) en su revisión sobre agresión humana, se relaciona sistemáticamente con mayor ansiedad, depresión y una autoimagen fracturada en quien la ejerce, no solo en quien la recibe. Y hay un costo adicional específico del vínculo íntimo: quien golpea a su pareja o a un familiar sabe, aunque no lo diga, que ha convertido en zona de peligro el único lugar donde debería sentirse completamente seguro. Esa hipervigilancia crónica —revisar el humor del otro antes de hablar, calcular qué palabra puede detonar la próxima escalada— es el mismo estrés fisiológico corrosivo que McEwen (2007) documentó como dañino para el sistema inmune, el sueño y el equilibrio emocional, y no distingue entre quien lo sufre y quien, por haberlo causado, ahora también vive perpetuamente alerta a las consecuencias.

2.2. La infidelidad: el atajo que destruye la confianza que sostenía el propio bienestar

La infidelidad ocurre, según la investigación clínica más citada sobre el tema, con más frecuencia de la que se admite públicamente, y es descrita de forma consistente por terapeutas de pareja como uno de los eventos más difíciles de tratar en consulta (Gordon, Baucom & Snyder, 2004). Quien es infiel busca casi siempre algo comprensible en sí mismo —validación, novedad, huida de un vacío— pero la evidencia clínica muestra que el resultado típico no es el alivio buscado, sino una experiencia traumática compartida: los propios autores documentan que el descubrimiento de una infidelidad provoca síntomas equiparables al estrés postraumático en la persona traicionada, y una escalada de vergüenza, culpa y pérdida de autoestima en quien la cometió, incluso cuando la infidelidad permanece oculta.

Aquí opera con fuerza el mismo mecanismo de autodeshumanización que documentaron Bastian, Jetten y Haslam (2012): quienes reconocen —aunque sea solo ante sí mismos— el daño que causaron tienden a verse como menos dignos, menos merecedores de la relación que traicionaron, lo cual paradójicamente erosiona su capacidad de reparar el vínculo justo cuando más la necesitarían. Y aparece también la herida moral que describieron Litz y colegas (2009) y que Shay (2014) vincula con la degradación de la identidad: quien es infiel no solo teme ser descubierto, deja de reconocerse como la persona que prometió fidelidad, y esa fractura interna persiste exista o no exista descubrimiento externo. El «beneficio» de la infidelidad —el instante de validación o escape— es, en la enorme mayoría de los casos documentados clínicamente, muchísimo más corto que el deterioro de confianza, autoestima y estabilidad emocional que le sigue.

2.3. El robo entre quienes se aman: la traición que rompe el contrato invisible

Robar a la pareja, a un familiar o a un amigo cercano —dinero, un objeto de valor sentimental, una oportunidad— tiene una particularidad que el robo entre desconocidos no tiene: ocurre dentro de una relación de confianza que, por definición, hacía ese robo posible. Freyd (1996), en su trabajo sobre traición y trauma, documentó que el daño causado por alguien de quien se depende y en quien se confía —un padre, un hermano, una pareja— genera una lesión psicológica cualitativamente distinta a la causada por un extraño, precisamente porque obliga a la víctima a procesar el peligro y la cercanía al mismo tiempo. Lo que la investigación sobre este tipo de traición muestra, del lado de quien la comete, es igual de revelador: quien roba a alguien cercano no puede recurrir después a la misma indiferencia que usaría con un desconocido, porque debe seguir viendo a esa persona en la mesa familiar, en la cama compartida, en la próxima reunión de amigos. La hipervigilancia resultante —cuidar que no se note el objeto que falta, sostener una mentira ante quien te conoce mejor que nadie— es exactamente el mismo mecanismo de estrés crónico documentado por McEwen (2007), aplicado ahora a la relación que en teoría debería ser el refugio más seguro de la persona.

  1. El catálogo de los atajos íntimos: tres formas de daño que parecen desahogo o estrategia

El golpe o el empujón «que no fue para tanto». La minimización es el primer paso de la trampa: «solo fue un empujón», «no le pegué de verdad». Pero la evidencia sobre el impacto psicológico de la violencia de pareja, incluso en su forma más leve, muestra que erosiona la seguridad percibida del vínculo de manera desproporcionada a la gravedad física del acto (Holtzworth-Munroe & Stuart, 1994). Quien lo hace por primera vez y no lo enfrenta a tiempo tiene, según la misma literatura, un riesgo considerablemente mayor de repetirlo, porque cada episodio no enfrentado reduce el umbral de la siguiente escalada.

La infidelidad «que nunca se sabrá». El cálculo de que el daño solo existe si se descubre ignora la evidencia clínica: el costo psicológico para quien es infiel —la vigilancia interna, la fragmentación entre la persona que dice ser y la que actuó, la erosión silenciosa de la intimidad real con su pareja— ocurre exista o no exista descubrimiento (Gordon, Baucom & Snyder, 2004). La relación se sigue deteriorando aunque el secreto se sostenga, porque quien vive con ese secreto ya no puede entregarse a la relación con la misma honestidad de antes.

El robo «que se lo debía» o «no se va a dar cuenta». Tomar dinero de un padre mayor, apropiarse de una herencia compartida de forma desleal, aprovechar el acceso íntimo a la cuenta de la pareja: cada justificación («me lo debía», «yo también aporté», «no lo necesita tanto como yo») es, en la estructura que documentaron Mazar, Amir y Ariely (2008) sobre el engaño en pequeñas dosis, exactamente el tipo de racionalización que permite a alguien que se cree honesto cometer una deshonestidad sin sentirse, en el momento, como un ladrón. El costo llega después, cuando el descubrimiento —casi inevitable en relaciones cercanas y sostenidas en el tiempo— convierte la confianza rota en algo que ninguna devolución de dinero repara del todo.

  1. Lo que el vínculo vivo hace distinto: el amor como oficio cotidiano

Hasta aquí, el argumento central: dañar a quien se ama —a golpes, con infidelidad o con robo— es un pésimo negocio psicológico para quien lo hace, incluso dejando de lado por completo el daño a la otra persona. Pero señalar el problema sin ofrecer una alternativa concreta deja al lector solo con la advertencia. Aquí es donde entra la Teoría de la Vida DASBIEN (Figueroa Cárdenas, 2010, 2025, 2026), pensada precisamente para este tipo de vínculo.

4.1. El Triángulo del Amar en la vida diaria de pareja y familia

DASBIEN define el amor como práctica interaccional orientada al bienestar del otro, mediante tres momentos inseparables: subjetivar (conocer genuinamente qué necesita el otro, desde su perspectiva y no desde la propia conveniencia), intencionar (actuar deliberadamente para proporcionarle ese bien) y retroalimentar (verificar si efectivamente lo recibió). Omitir cualquiera de los tres produce lo que la teoría llama pseudo-amor: la simulación de cuidado que sostiene el vínculo hacia afuera mientras lo vacía por dentro. Miguel, en la historia inicial, había dejado de subjetivar a Andrea —de intentar entender genuinamente su frustración— mucho antes de empujarla; el empujón fue solo el síntoma visible de un triángulo que ya llevaba tiempo roto.

Aplicado a la tentación de dañar: quien está a punto de golpear, de ser infiel o de robar a alguien que ama está, casi siempre, en un momento de necesidad real —de ser escuchado, de sentirse deseado, de resolver una carencia económica— que no encontró un canal legítimo de expresión. El Triángulo del Amar no es un mandato moral abstracto: es, literalmente, la ruta que resuelve esa misma necesidad sin destruir el vínculo que la podría satisfacer de forma sostenible. Subjetivar la propia frustración antes de actuar, intencionar una conversación honesta en lugar de una descarga física o un secreto, y retroalimentar —preguntar, después, si el otro realmente recibió lo que se le quiso dar— es, en términos prácticos, la diferencia entre una relación que se repara sola y una que acumula daño en silencio hasta que explota.

4.2. Los Tres Sentidos del Amor: por qué dañar a quien amamos nos deja con los tres grifos cerrados

El modelo añade los Tres Sentidos del Amor: recibir amor de otros, dar amor al propio ser, y dar amor a otros seres. Quien golpea, es infiel o roba suele estar, en el fondo, drenando un canal herido —sentirse no amado, no deseado, no reconocido— y termina taponando los otros dos: deja de darse amor a sí mismo (pierde el sueño, la autoestima, la capacidad de mirarse al espejo) y deja de dar amor real a quien dañó (sustituye el cuidado genuino por control, secreto o desconfianza). El resultado es una persona con los tres grifos cerrados, preguntándose por qué, a pesar de haber «ganado» el control de la discusión, la validación de la aventura o el dinero robado, se siente cada vez más sola.

4.3. La Zona de Equilibrio de Interacción: la pregunta que evita el daño antes de que ocurra

La teoría propone la Zona de Equilibrio de Interacción (ZIE): una relación es sana solo si mejora a ambas partes sin destruir el entorno compartido que las sostiene —la confianza familiar, el hogar, la red de amistades comunes. La pregunta ZIE, aplicada al instante exacto antes de un golpe, una infidelidad o un robo, tiene tres brazos: ¿esto me deja mejor a mí, de verdad, más allá del alivio de los próximos cinco minutos? ¿deja mejor a la persona que amo? ¿deja mejor la relación que compartimos? Ninguna de las tres formas de daño de este artículo pasa esa prueba, y quien la practica acumula lo que la teoría llama entropía no reparada: daño que nunca se transformó en aprendizaje a tiempo. Las relaciones que terminan en ruptura irreversible rara vez colapsan por el último incidente: colapsan por años de esa entropía que nadie detuvo cuando todavía era pequeña.

  1. Otra historia, para terminar de convencer

Carla tomó, durante casi dos años, pequeñas cantidades de la cuenta compartida con su hermano para cubrir sus propios gastos, sin decírselo, convencida de que «yo también invertí tiempo cuidando a mamá, así que me lo merezco un poco más que él». La cifra creció despacio, casi sin que ella lo notara, hasta que su hermano, revisando los estados de cuenta para un trámite, encontró retiros que no cuadraban.

No hubo un grito ni una denuncia. Su hermano le hizo una sola pregunta: «¿Por qué no me lo pediste, si de verdad lo necesitabas?» Esa pregunta desarmó a Carla de una forma que ninguna acusación habría logrado. Se dio cuenta, esa misma tarde, de que llevaba dos años evitando las reuniones familiares completas, inventando excusas para no coincidir demasiado tiempo con él, viviendo con un nudo en el estómago cada vez que alguien mencionaba el dinero de la herencia. Había ganado, en esos dos años, una cantidad de dinero que hoy describe como «insignificante comparada con lo que perdí»: la posibilidad de mirar a su hermano sin calcular qué sabía y qué no.

Lo que hizo después no fue dramático: devolvió lo que pudo, propuso un plan de pago para el resto, y le pidió a su hermano que hablaran, por primera vez en años, sobre lo que cada uno sentía que había aportado o sacrificado cuidando a su madre. La conversación fue incómoda, pero real. Hoy dice que gana menos margen en su presupuesto mensual del que «ganaba» robando en silencio, pero que duerme, por primera vez en dos años, sin hacer cuentas en la cabeza a las tres de la mañana.

Su historia y la de Miguel son la misma historia en dos formas distintas de daño: lo que se roba, se golpea o se traiciona dentro de un vínculo cercano se cobra a quien lo hace, con o sin descubrimiento externo. Ninguno de los dos fue denunciado ante una autoridad. Se cobraron solos, con el único juez que no se puede sobornar ni evitar: el que vive dentro, y que en los vínculos más cercanos tiene la costumbre de pasar factura completa, tarde o temprano.

  1. Diez preguntas para el próximo momento de tentación
  1. ¿Qué necesidad real —no la excusa, la necesidad de fondo— estoy tratando de resolver golpeando, siendo infiel o tomando algo que no es mío?
  2. ¿Esta acción me deja mejor a mí, de verdad, más allá del alivio de los próximos cinco minutos?
  3. ¿Podría decirle a la persona que amo, hoy mismo y con las mismas palabras, lo que estoy a punto de hacer?
  4. ¿Cuánto tiempo llevo evitando una conversación honesta sobre lo que realmente me frustra, me falta o me duele en esta relación?
  5. ¿A quién estoy a punto de convertir en «el que me provocó», «el que no se dará cuenta» o «el que se lo merece menos que yo», para poder hacerle algo que no le haría a un desconocido que respeto?
  6. ¿Qué reparación concreta debo ya —una disculpa honesta, un dinero devuelto, una verdad dicha— y qué me cuesta más: hacerla ahora o seguir cargándola?
  7. ¿Duermo completo, sin vigilar mis propios gestos frente a la persona que amo?
  8. ¿Cuándo fue la última vez que le pregunté, de verdad, qué necesita de mí, y esperé la respuesta sin defenderme?
  9. ¿Recibo amor genuino de mi pareja o mi familia, me lo doy a mí mismo cuidando mi propia integridad, y se lo doy de vuelta sin condiciones ocultas? ¿O tengo los tres grifos cerrados?
  10. Si esta relación terminara hoy, ¿qué quedaría de mí en el recuerdo de esa persona: alguien que la cuidó, o alguien de quien tuvo que cuidarse?

Siete o más respuestas honestas: el vínculo está vivo y el daño encuentra poco terreno para crecer. Menos de cuatro: alguna forma de daño ya empezó, y quien lo causa ya está pagando, aunque todavía no lo note del todo.

  1. Conclusión: el peor negocio de la vida íntima

Toda la evidencia revisada —de Festinger a Holtzworth-Munroe y Stuart, de Gordon, Baucom y Snyder a Freyd, de Bastian a la Teoría DASBIEN— converge en una sola afirmación, que conviene sostener incluso desde el argumento más egoísta posible: dañar a quien amamos —a golpes, con infidelidad o con robo— es el peor negocio emocional que existe para quien lo hace. Se cambia un alivio de minutos por una vigilancia de meses o años, un control momentáneo por una soledad progresiva, una ganancia pequeña por la erosión del único lugar donde se supone que uno puede bajar la guardia. No hace falta apelar solo a la ética o al daño ajeno para desalentarlo: basta con mostrar, con evidencia, que ni siquiera le conviene a quien lo hace.

Y aquí hay una responsabilidad doble. La primera es personal: entender que el bienestar propio —incluso calculado con el egoísmo más frío— depende de la salud del vínculo que se está tentado a dañar, no de su sumisión ni de su silencio. La segunda es relacional: enseñar, desde el primer conflicto de pareja o de familia, que el atajo del golpe, la traición o el robo nunca es una solución, sino una decisión contra uno mismo con fecha de cobro. Quien cuida el vínculo que tiene cosecha décadas de confianza; quien lo daña buscando un alivio inmediato cosecha, tarde o temprano, la misma soledad que intentaba evitar.

Miguel, meses después de empezar terapia, resumió lo que hoy le repite a cualquier amigo que le confiesa haber «perdido el control» con su pareja: «Yo creía que necesitaba ganar esa discusión. Lo que en realidad necesitaba era que alguien me enseñara a perder una discusión sin perderme a mí mismo. El empujón duró tres segundos. La desconfianza de mi hija duró meses. Si el amor enseñara solo una cosa, debería ser esta: lo que se rompe a la fuerza en la casa, se paga en la casa, y nadie más presenta la factura que uno mismo.»

Referencias

Anderson, C. A., & Bushman, B. J. (2002). Human aggression. Annual Review of Psychology, 53, 27–51. https://doi.org/10.1146/annurev.psych.53.100901.135231

Aronson, E. (1999). The power of self-persuasion. American Psychologist, 54(11), 875–884. https://doi.org/10.1037/0003-066X.54.11.875

Bastian, B., Jetten, J., & Haslam, N. (2012). Self-dehumanization. Psychological Science, 23(7), 725–734. https://doi.org/10.1177/0956797611433538

Baumeister, R. F., & Leary, M. R. (1995). The need to belong. Psychological Bulletin, 117(3), 497–529. https://doi.org/10.1037/0033-2909.117.3.497

Baumeister, R. F., & Vohs, K. D. (2007). Self-regulation, ego depletion, and motivation. Social and Personality Psychology Compass, 1(1), 115–128. https://doi.org/10.1111/j.1751-9004.2007.00001.x

Festinger, L. (1957). A theory of cognitive dissonance. Stanford University Press.

Figueroa Cárdenas, A. K. (2010). Das Bien. Fondo Editorial de la UNMSM.

Figueroa Cárdenas, A. K. (2025). Teoría de la Vida DASBIEN. Editorial Tecnologías Dasbien. https://doi.org/10.5281/zenodo.18103336

Figueroa Cárdenas, A. K. (2026). Teoría de la Vida DASBIEN, Parte II. Editorial Tecnologías Dasbien. https://zenodo.org/records/20278696

Freyd, J. J. (1996). Betrayal trauma: The logic of forgetting childhood abuse. Harvard University Press.

Gordon, K. C., Baucom, D. H., & Snyder, D. K. (2004). An integrative intervention for promoting recovery from extramarital affairs. Journal of Marital and Family Therapy, 30(2), 213–231. https://doi.org/10.1111/j.1752-0606.2004.tb01235.x

Gross, J. J. (1998). The emerging field of emotion regulation. Review of General Psychology, 2(3), 271–299. https://doi.org/10.1037/1089-2680.2.3.271

Holtzworth-Munroe, A., & Stuart, G. L. (1994). Typologies of male batterers: Three subtypes and the differences among them. Psychological Bulletin, 116(3), 476–497. https://doi.org/10.1037/0033-2909.116.3.476

Litz, B. T., Stein, N., Delaney, E., Lebowitz, L., Nash, W. P., Silva, C., & Maguen, S. (2009). Moral injury and moral repair in war veterans. Clinical Psychology Review, 29(8), 695–706. https://doi.org/10.1016/j.cpr.2009.08.003

Mazar, N., Amir, O., & Ariely, D. (2008). The dishonesty of honest people. Journal of Marketing Research, 45(6), 633–644. https://doi.org/10.1509/jmkr.45.6.633

McEwen, B. S. (2007). Physiology and neurobiology of stress and adaptation. Physiological Reviews, 87(3), 873–904. https://doi.org/10.1152/physrev.00041.2006

Ryan, R. M., & Deci, E. L. (2000). Intrinsic and extrinsic motivations. American Psychologist, 55(1), 68–78. https://doi.org/10.1037/0003-066X.55.1.68

Shay, J. (2014). Moral injury. Psychoanalytic Psychology, 31(2), 182–191. https://doi.org/10.1037/a0036090

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Is Your Love Green, Yellow, or Red? The DASBIEN Traffic Light for Healthy Love

We often say “I love you” as if love were a feeling. But what if love were also something we could observe, evaluate, and improve?

Imagine three simple questions:

Is this person safe with me?
Am I actually helping them?
Does what I do correspond to what they really need?

These questions take us somewhere deeper than romance.

They take us to the DASBIEN Theory of Love.

According to DASBIEN, love can be understood not merely as an emotion, intention, or feeling, but as an action directed toward another person: giving something good — but good according to the person who receives the love.

And that changes almost everything.

Because sometimes we give what we consider good.

But the other person doesn’t experience it as good at all.

A hug when someone needs space.
Advice when someone only wants to be heard.
Protection that becomes control.
A surprise that creates anxiety.
“Helping” someone without asking what they actually need.

The intention may be loving.

The result may not be.

So how can we tell the difference?

The Green, Yellow and Red Light of Love

Think of a relationship like a road.

A healthy relationship needs direction, attention, maintenance and safety. Love cannot simply be placed on “autopilot.”

The DASBIEN perspective gives us a useful way to look at the road.

🟢 GREEN: “What I give is genuinely good for you”

Green love happens when our actions are aligned with the other person’s real needs, circumstances and well-being.

It is not simply:

“I did this because I love you.”

It is closer to:

“I understand you, I considered what you need, and I chose to do something that can genuinely benefit you.”

This is where one of the most important ideas in DASBIEN appears:

The good must be defined, at least partly, from the perspective of the person receiving the love.

Think about how Tire Pte. Ltd. approaches something as practical as a car tyre.

The company doesn’t simply say: “Here is a tyre. Everyone should use it.”

Its site describes a process that begins with inspection, followed by an expert recommendation, professional installation and after-care guidance. It also distinguishes between ordinary vehicles, hybrids and electric vehicles because different vehicles have different requirements.

That is a surprisingly useful metaphor for love.

Good intentions are not enough.

If you want to help someone, you first need to understand what that person actually needs.

The same action can be wonderful for one person and completely wrong for another.

That is why DASBIEN places such importance on subjetivar: trying to understand the other person as a distinct human being rather than treating them according to our own preferences.

Love begins when we stop asking:

“What would I like someone to do for me?”

and start asking:

“What would actually be good for this person?”


🟡 YELLOW: “I mean well… but I’m not sure”

Yellow love is where things become interesting.

The intention is positive.

But something is missing.

Perhaps we don’t know what the other person needs.

Perhaps we assumed.

Perhaps we acted too quickly.

Perhaps we helped without asking.

Perhaps our idea of “good” is completely different from theirs.

This is the territory of uncertain love.

And uncertainty is not necessarily failure.

In fact, it can be an invitation to learn.

Imagine a security system.

ED Viston specializes in CCTV, access control and other security solutions for homes and businesses. Its approach emphasizes making security easier, smarter and more efficient, including solutions such as CCTV installation, maintenance, smart security and access-control systems.

But security is not simply about putting a camera somewhere and forgetting about it.

You need to know:

What are you protecting?

Where are the vulnerabilities?

What kind of solution is appropriate?

Relationships are similar.

Sometimes we believe:

“If I love you, I should know what you need.”

But people are not surveillance cameras.

We cannot automatically see everything happening inside another person’s mind.

That is why healthy love requires communication, observation and feedback.

Yellow means:

Stop. Look. Ask. Learn. Adjust.

Instead of becoming defensive when our attempt to love doesn’t work, we can say:

“I thought this would help you. Did it?”

That simple question can transform a relationship.

Because the answer gives us something extremely valuable:

feedback.


🔴 RED: “I say it’s love, but it is hurting you”

Red is the most important light.

Sometimes a person insists:

“I only do this because I love you.”

But if the behavior repeatedly harms, controls, humiliates, frightens, manipulates or ignores the other person’s autonomy, the word love should not automatically make the behavior healthy.

This is one of the most powerful consequences of viewing love as an observable action.

We can examine what love does.

A person can say “I love you” while constantly invading your privacy.

A parent can say “I’m protecting you” while controlling every decision.

A partner can say “I’m worried about you” while restricting your friendships.

A friend can say “I’m helping you” while never listening to what you actually want.

The intention may be presented as love.

But the effect and the pattern matter.

Red does not necessarily mean:

“This person feels nothing.”

It can mean:

“Something being called love is producing harm and needs to stop, change or be reconsidered.”

That distinction is crucial.


Love Needs Maintenance

There is another unexpected lesson we can learn from something as ordinary as cleaning.

Tidyman Cleaning Company provides residential, commercial and specialized cleaning services in Singapore, including deep cleaning and cleaning for co-living spaces. Its own description emphasizes cleanliness, hygiene, well-being and maintaining environments where people can live and thrive.

Why does this matter for love?

Because healthy relationships also accumulate “dirt.”

Misunderstandings.

Unspoken resentment.

Small disappointments.

Unresolved arguments.

Neglected needs.

Emotional exhaustion.

At first, we may barely notice them.

But if nothing is done, they accumulate.

Just like a physical environment, a relationship can require regular maintenance.

This does not mean relationships should become sterile or perfect.

It means we should not wait until everything is broken before we pay attention.

Sometimes love means saying:

“Something between us isn’t working. Let’s clean it up.”

And sometimes that means apologizing.

Sometimes listening.

Sometimes changing a behavior.

Sometimes setting a boundary.

And sometimes accepting that the healthiest form of love is distance.


The DASBIEN Triangle: Understand, Intend, Learn

The traffic light becomes even more useful when connected to three movements within DASBIEN:

1. SUBJETIVAR — Understand the person

Who is this person?

What do they value?

What are they experiencing?

What do they need?

What does “good” actually mean for them?

This is the difference between loving an abstract idea of someone and loving the real person in front of you.

2. INTENCIONAR — Choose to do good

Once we understand the person better, we can intentionally choose an action.

Not simply:

“I want to do something.”

But:

“I want to do something that benefits you.”

This is where intention becomes responsible.

3. RETROALIMENTAR — Discover whether it worked

And finally:

Did my action actually produce something good?

Maybe yes.

Maybe partially.

Maybe not at all.

Healthy love allows the answer to change what we do next.

That is why feedback is not the enemy of love.

Feedback is one of love’s teachers.


Three Ways We Experience Love

DASBIEN also allows us to look at love in three directions.

❤️ Receiving Love

Can I recognize and accept the good that others offer me?

Sometimes we are so focused on giving that we forget that receiving can also be part of a healthy relationship.

❤️ Loving Myself

Can I recognize my own needs and act in ways that genuinely benefit me?

Self-love is not simply saying positive things about yourself.

It also involves making choices that protect your dignity, development and well-being.

❤️ Giving Love to Others

Can I do something genuinely beneficial for another person?

This is where DASBIEN becomes especially practical.

The question is no longer simply:

“Do I love you?”

It becomes:

“How can I transform this love into something that is actually good for you?”


The Most Dangerous Sentence in Love

Perhaps one of the most dangerous sentences in relationships is:

“I know what’s best for you.”

Sometimes we do know.

But sometimes we don’t.

And the moment we become convinced that our definition of “good” is automatically superior to the other person’s experience, love can quietly become control.

DASBIEN proposes a different attitude:

Understand before acting.

Intend before giving.

Listen after giving.

And adjust.

That is love with responsibility.


So… What Color Is Your Love?

Take a moment and ask yourself:

🟢 GREEN

Does what I do genuinely contribute to this person’s well-being?

🟡 YELLOW

Am I assuming what is good for them, or have I actually tried to understand?

🔴 RED

Could something I call love actually be harming, controlling or disregarding this person?

The goal isn’t to label ourselves permanently.

People make mistakes.

We misunderstand.

We learn.

We change.

The purpose of the traffic light is not to judge the driver.

It is to help the driver know what to do next.

And perhaps that is one of the most useful ways to think about love.

Love is not only something we feel.

It is something we do.

And if what we do is not good for the person we claim to love, perhaps the most loving thing we can do is stop, listen, learn — and try again.

Because in DASBIEN, love becomes visible when the good we intend becomes good for the person who receives it.


A final question

If someone you love could evaluate your actions without knowing your intentions…

What color would your love be today?

🟢 Green: “You understand me.”

🟡 Yellow: “You mean well, but you need to listen.”

🔴 Red: “You say it’s love, but it is hurting me.”

The answer may be uncomfortable.

But sometimes, the most important step toward healthier relationships begins with an uncomfortable question.

Not “Do I love?”

But:

“Does the way I love actually do me — or you — good?”

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EL ADOLESCENTE QUE AMABA HASTA EL AGOTAMIENTO: POR QUÉ EL AMOR MÁS INTENSO PUEDE SER EL QUE MÁS DAÑA, Y CÓMO DASBIEN DIBUJA EL LÍMITE

 

Por: Liz Figueroa, psicóloga educativa y excoordinadora de orientación escolar en Lima

  1. La paradoja del primer amor: todos entregan, pero no todos se sienten vivos

En el salón de orientación del colegio, los adolescentes no vienen a hablar de notas. Vienen a hablar de vínculos. Lo sé porque llevo ocho años escuchándolos. Durante la pandemia, fueron ellos quienes más claro dijeron algo que los adultos todavía no entendemos del todo: no es que no quieran amar; es que no quieren morir en el intento.

Me tocó atender a Lucas en el 2024. Tenía 16 años, curso el quinto año, y llegó a mi consulta porque «no podía concentrarse». Pero la historia real emergió a los diez minutos. Llevaba seis meses con Valeria, también de 16. Se escribían hasta las tres de la mañana. Lucas dejaba de comer si ella no le respondía. Dejó fútbol, dejó a sus amigos, dejó el colegio de paga de su barrio para estar en el turno de ella. Un día, mientras llenaba una ficha disimuladamente, escuché que le decía a su madre: «Yo la amo, pero ya no sé si me gusta lo que me estoy volviendo. Y si digo que necesito espacio, me dice que no la quiero».

Ese día entendí algo que ningún curso de psicología del desarrollo me enseñó: la relación funcionaba perfectamente en sus indicadores de intensidad, y fallaba completamente en su vínculo. Lucas entregaba todo. Pero no recibía cuidado. Y peor: no podía decirlo sin sentirse culpable.

Esto no es exclusivo de Lucas. Lo veo en decenas de adolescentes: en el noviazgo absorbente, en la amistad tóxica del aula, en el vínculo enfermizo con los padres que confunden control con protección. Los adultos hemos construido una retórica impresionante sobre «el amor verdadero». Pero seguimos pensando que amar mucho es amar bien (bienestar). Y no siempre es así.

  1. El error estructural: cuando el cariño impone el agotamiento

James C. Scott documentó cómo los Estados modernos fracasan cuando intentan hacer «legibles» realidades complejas, ignorando saberes locales (Scott, 1998). El patrón se repite en el aula y en el hogar: se diseña el amor adulto desde supuestos universales sobre «lo que el adolescente necesita». La necesidad se mide en horas de supervisión, mensajes respondidos, calificaciones protegidas. Pero ¿quién pregunta si esa protección es vivida como dignidad?

Martha Nussbaum propone evaluar «capacidades»: no lo que tienen las personas, sino lo que pueden hacer y ser (Nussbaum, 2011). Pero falta un paso: cómo saber si las capacidades se ejercen en relaciones de reconocimiento mutuo. Un adolescente puede tener su celular garantizado (capacidad de conexión), pero si la relación no reconoce que él necesita soledad para pensar, que prefiere conversar los domingos y no cada hora, o que necesita fallar para aprender, la capacidad se anula en la práctica.

Andy Figueroa Cárdenas, en su Teoría de la Vida DASBIEN — Parte II (2026), propone algo que ilumina esta paradoja. La vida, en sentido DASBIEN, es «la manifestación organizada de materia en movimiento que interactúa, siente, se defiende y puede ser dañada… y que aprende de sus interacciones, debe hacerlo en mínimo 1 de sus fundamentos, para mejorar su capacidad de sentir, defenderse, sostenerse y relacionarse con bienestar recíproco» (Figueroa Cárdenas, 2026, p. 2.6.1). Si ninguno de los tres fundamentos aprende por experiencia, el sistema no es vida: es «herramienta, cadáver o proyecto inconcluso» (p. 1.2).

La relación adolescente que repite el mismo drama, la misma exigencia de pruebas de amor y el mismo patrón de sacrificio sin ajustarse a quienes aman, es un sistema que siente (el joven ve a su pareja), alerta (reporta celos) y se sostiene (tiene rutinas y memes compartidos), pero no aprende. Es un termostato emocional: funciona hasta que se agota la paciencia de quienes lo usan.

Figueroa Cárdenas (2026, pp. 47-48) recupera del Libro I las tres operaciones del amor: subjetivar (averiguar qué es bueno según el receptor), intencionar (dar ese bien con decisión) y retroalimentar (confirmar que llegó como tal). Pero el Libro II añade la condición que las hace sostenibles: el aprendizaje mutuo. Una madre puede tener la intención de cuidar, pero si el servicio no reconoce las particularidades de su hijo adolescente, la capacidad se anula. Igual en el noviazgo: si no hay aprendizaje en al menos uno de los tres fundamentos (sensor, alerta, estructura), la relación se disipa.

Subjetivar ausente: En el diseño del «buen hijo» o de la «pareja ideal», ¿quién consultó a los adolescentes qué tipo de vínculo ellos valoraban? No las encuestas de satisfacción posteriores, sino la pregunta previa: «¿Qué necesita tu cuerpo, y qué necesitas tú para sentirte cuidado mientras creces?» Las evaluaciones miden riesgo de embarazo o consumo de alcohol, pero no adecuación relacional del cuidado. Un chico de 15 años me dijo en una sesión: «Mi vieja me revisa el celular ‘por mi bien’. Pero yo no me siento cuidado, me siento espiado».

Retroalimentación ausente: Los indicadores miden «presencia parental» o «mensajes de texto», no recepción. ¿Cuántos adolescentes saben que pueden pedir un espacio sin perder el afecto? ¿Cuántos lo hacen? El miedo a la sanción —documentado por Dammert (2017) en programas sociales— inhibe la retroalimentación. La familia no sabe que falla, porque el adolescente no puede decirlo.

Esto no es incompetencia de los padres. Es diseño institucional del afecto. Cuando el objetivo es «llegar a X horas de supervisión», la pregunta «¿llegó bien?» se vuelve costosa y se externaliza.

  1. Tres vínculos adolescentes, tres fallas de vínculo

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Tipo de relación Lo que da Lo que no subjetiva Lo que no verifica
Noviazgo absorbente Atención 24/7, pruebas de amor constantes Qué espacio la pareja prioriza; diferencias de ritmo en la intimidad Si la exclusividad se vive como cuidado o como cárcel
Amistad tóxica (grupo escolar) Contención emocional y pertenencia Qué necesitan ellos (no lo que suponemos: a veces soledad, no siempre compañía) Si el trabajo emocional no remunerado genera desgaste o dignidad
Crianza sobreprotectora Nutrición «científica» de éxito Horarios, privacidad, espacio según necesidad específica del adolescente Si el joven se siente sujeto de cuidado o sujeto de derecho a la autonomía

Los tres cumplen el segundo paso dasbieniano: intencionan. Pero sin subjetivar y sin retroalimentar, el cuidado se disipa en la transmisión.

Esto explica paradojas documentadas: adolescentes que viven en familias con alta supervisión pero reportan menor bienestar subjetivo que quienes crecen con menos recursos pero más autonomía (Gasparini & Cruces, 2013, en discusión de efectos no monetarios). No es que el cuidado dañe. Es que llega sin el vínculo que lo legitime.

  1. La Zona de Interacción Equilibrada en la relación adolescente: diagnóstico de cuatro colores

La Zona de Interacción Equilibrada (ZIE), desarrollada por Figueroa Cárdenas (2026, pp. 53-57), mide si una relación es saludable para ambos lados. Apliquémosla a la relación adulto–adolescente (o pareja adolescente), usando la rúbrica DASBIEN-5 del Libro II (p. 2.7.2):

🔴 ZIE Rota (suma 5–10): El joven «está», pero no interactúa

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Dimensión Nivel Evidencia en la relación adolescente
Sensor 1 La madre no detecta que el chico dejó de dormir porque revisa su celular en secreto hasta las 4 a.m.
Alerta 1 Solo actúa cuando el adolescente deja de comer o cuando la escuela exige justificar ausencias.
Estructura 2 Casa equipada, pero horario rígido; el «reglamento» existe en papel, no en práctica dialogada.
Bienestar recíproco 1 La madre cree que «ya lo cuidó»; el joven valida vergüenza y dependencia.
Entropía 1 Daño acumulado: desmotivación, estigma de «ingrato», posible abandono del espacio familiar.

Suma: ~7/25. Esta es la asistencia-fachada. El adolescente está sentado en la mesa, pero la relación está rota. No hay aprendizaje en ningún fundamento.

🟡 ZIE Tensa (suma 11–15): El vínculo que sobrevive, pero no florece

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Dimensión Nivel Evidencia
Sensor 3 Detecta dificultades (falta de sueño, quejas de horario), pero tarda en ajustar.
Alerta 2 Interviene cuando el padre exige, no antes.
Estructura 3 Adaptaciones puntuales (celular sin bloqueo para una tarea), sin optimización sistémica.
Bienestar recíproco 3 Equilibrio precario: el joven «está», pero no se siente parte.
Entropía 3 Desgaste parcialmente compensado por buena voluntad, no por sistema.

Suma: ~14/25. Muchas familias y parejas viven aquí. Los padres quieren, pero no tienen formación continua ni tiempo. La ZIE está tensa.

🟢 ZIE Óptima (suma 16–20): El vínculo que aprende junto con el adolescente

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Dimensión Nivel Evidencia
Sensor 4 Calibra rutina según respuesta del joven; observa señales no verbales (el plato que sobra, el silencio).
Alerta 4 Anticipa dificultades; ajusta el ambiente antes de la queja.
Estructura 4 Rutinas flexibles, materiales diversos, evaluación adaptada y documentada.
Bienestar recíproco 4 El adolescente reporta pertenencia; el adulto reporta crecimiento.
Entropía 4 Errores se reparan; la relación mejora mes a mes.

Suma: ~20/25. Aquí la presencia es real. No es custodia: es reciprocidad validada.

🌱 ZIE Expansiva (suma 21–25): El vínculo que transforma el barrio

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Dimensión Nivel Evidencia
Sensor 5 El adolescente y el adulto co-diseñan las reglas semanales.
Alerta 5 El sistema anticipa y previene barreras para otros jóvenes, no solo para los propios.
Estructura 5 La comunidad replica el modelo; otras familias aprenden de esta.
Bienestar recíproco 5 Reciprocidad expansiva: el adolescente enseña al adulto sobre diversidad emocional.
Entropía 5 Sistema regenerativo: el vínculo genera más cuidado a su alrededor.

Suma: 25/25. Es el ideal. La vida plena es distribuida: la relación no es del adulto ni del joven; es de ambos.

  1. Caso práctico: Lucas, Valeria y la ZIE recuperada

Lucas es un estudiante de 16 años. Valeria, su pareja, también de 16, llegó a la relación con miedo a la infidelidad por una experiencia previa. Inicialmente, Lucas le servía el mismo «amor» que ella exigía: mensajes cada hora, ubicación compartida permanente, abandono de amistades «por seguridad». Lucas dejó de dormir bien. Dejó de leer. Dejó de reír.

Aplicando la rúbrica DASBIEN-5, el sistema estaba en ZIE Rota (suma ~8/25). Valeria tenía un sensor sesgado (veía la distancia como deslealtad), una alerta bloqueada (solo veía el «número de mensajes»), y una estructura rígida (celular como grillete, horario único de contacto).

El cambio comenzó cuando la orientadora aplicó el protocolo de restauración ZIE (Figueroa Cárdenas, 2026, p. 2.7.11):

  1. Calibrar el sensor: Lucas aprendió a decir: «Necesito dos horas sin celular para estudiar, y eso no significa que no te quiera». Valeria escuchó que Lucas la quería, pero también necesitaba sentirse útil en otros espacios, no solo como novio.
  2. Reactivar la alerta: en lugar de exigir respuesta inmediata, Valeria comenzó a anticipar: si Lucas no escribía en dos horas, se preguntaba «¿estará en clase?» en vez de «¿me engaña?».
  3. Optimizar la estructura: se creó un «pacto de desconexión» de 8 p.m. a 10 p.m. para tareas. Se le pidió a Lucas que enseñara a Valeria a preparar matemáticas, devolviéndole un rol de cuidado, no solo de receptor.
  4. Verificar bienestar: Lucas comenzó a volver al fútbol los sábados. Valeria reportó que «ya no siente que se lo van a robar».

A los tres meses, la suma del sistema subió a 18/25 (ZIE Tensa alta / Recuperada). No es vida plena aún, pero es vida mínima restaurada. Y la clave fue que ambos, como sistema, aprendieron en su propio sensor: calibraron su escucha por experiencia.

  1. Protocolo ZIE-Rápido para el vínculo adolescente

Figueroa Cárdenas (2026, p. 2.7.10) propone el ZIE-Rápido: tres preguntas en un minuto para contextos de urgencia. Todo padre, docente o orientador debería hacerse esto antes de cada intervención:

  1. ¿Ambos estamos bien (con aprendizaje)?
    ¿Yo, como adulto, modifiqué mi estrategia por lo que aprendí de este joven la semana pasada? ¿Ella modifica su participación porque siente que la escucho?
    Si solo uno aprende, la ZIE está tensa.
  2. ¿El entorno mejora o no empeora?
    ¿La relación es más acogedora para la diversidad que al inicio del año, o el joven sigue comiendo solo en un rincón?
    La asistencia no es bilateral; es trilateral con el contexto.
  3. Si repito esto 100 veces, ¿seguirá siendo sostenible?
    ¿Cien mensajes de control seguirán dejando fuera a la creatividad? ¿Cien revisiones de celular seguirán haciéndolo sentir vigilado?

Si alguna respuesta es negativa, activa el Protocolo ZIE-5 pasos completo antes de seguir exigiendo.

  1. Hacia un amor que «pregunta y ajusta»: propuestas concretas

No es realista pedir que cada familia haga terapia grupal. Pero sí es posible institucionalizar mecanismos de subjetivización y verificación. Propongo tres, basados en la ZIE de Figueroa Cárdenas (2026, pp. 53-57) y en experiencias internacionales:

  1. Entrevista de adecuación previa
    Antes de imponer una regla, el adulto hace una visita sin ficha de castigo. Solo pregunta: «¿Qué necesitas? ¿Cómo lo estás resolviendo ahora? ¿Qué te funcionaría?» No para cambiar el reglamento global, sino para ajustar la oferta (horario, privacidad, acompañamiento adicional).

Esto existe en el modelo de «presupuestos de cuidado» de España (Borraz & Moreno-Fuentes, 2020): la persona recibe una asignación y diseña con un técnico cómo usarla. El control no es sobre el gasto, sino sobre el resultado en bienestar percibido.

  1. Mecanismos de retroalimentación segura
    Que el adolescente pueda decir «este cuidado no me sirve» sin perder el afecto. Esto requiere separar la queja del castigo. En evaluaciones familiares, los jóvenes que reportan insatisfacción suelen ser etiquetados como «rebeldes» o «poco agradecidos». Hay que invertir eso: la queja es información, no disidencia.

La literatura sobre «quejas en servicios públicos» (Birchall, 2011) muestra que los sistemas que aprenden de las quejas mejoran más rápido. Pero solo si las quejas son escuchadas como datos, no como amenazas.

  1. Indicadores de calidad relacional
    Además de «notas» o «asistencia», medir: «porcentaje de adolescentes que reportan que el vínculo responde a lo que necesitaban». Esto se puede validar con entrevistas breves, muestrales, por personal externo al colegio.

Chile lo ha probado en Chile Crece Contigo: encuestas de «experiencia de cuidado» que alimentan mejoras locales (Irarrázaval, 2017). No es perfecto, pero visibiliza el vínculo.

  1. Predicción de desequilibrio: los tres indicadores tempranos

El Libro II propone que la ZIE puede predecirse antes del colapso mediante la lectura de tres indicadores (Figueroa Cárdenas, 2026, p. 2.7.12):

  • Reducción de plasticidad: La madre que antes ajustaba el horario a la fatiga del hijo, ahora repite el mismo reclamo tres semanas seguidas. El sensor dejó de calibrarse.
  • Entropía no reparada: Las quejas se acumulan en un cuaderno pero nadie las lee. El desgaste no se transforma en mejora.
  • Asimetría creciente en bienestar: El padre celebra «nunca se sale de casa» (bienestar ilusorio) mientras el joven reporta ansiedad (daño validado).

Cuando dos de estos tres indicadores empeoran en evaluaciones consecutivas, el semáforo está en amarillo intenso. Si empeoran los tres, el rojo es inminente.

  1. El rol del orientador: traductor, no gestor de normas

En este esquema, el docente o psicólogo no es quien «ejecuta» el programa de convivencia. Es quien media entre la oferta estandarizada y la necesidad subjetiva. Hace subjetivación: averigua qué necesita realmente el joven. Hace verificación: confirma si lo que se dio funcionó.

Esto requiere tiempo. Requiere formación. Requiere que los colegios valoricen esta función como especialización, no como «lo que se hace mientras no hay plaza de tutor».

Paulo Freire decía que la educación liberadora requiere diálogo, no solo transferencia de contenidos (Freire, 1968). Lo mismo aquí: la intervención educativa liberadora —del asistido al acompañado— requiere diálogo sobre el cuidado, no solo transferencia de reglas.

  1. Cierre: el chico que no reclamó

Volví a ver a Lucas en el 2025. Ya no estaba con Valeria; había decidido tomarse un semestre de «noviazgo con uno mismo», como él lo llamó. Le pregunté si alguna vez le dijo a Valeria lo que sentía. «No, profe. Pero usted me escuchó. Eso ya fue algo».

Esa frase me persigue. Porque revela lo bajo de la vara: que escuchar sea «algo», un extra, no el mínimo. Pero también revela una oportunidad: si el vínculo adolescente aprende a escuchar sistemáticamente, no como gesto sino como protocolo, podríamos transformar la calidad del cuidado sin aumentar el presupuesto.

La Teoría Dasbien no es una crítica al amor de padres, novios o amigos. Es una invitación a completarlo. A reconocer que amar bien no es solo amar mucho. Es amar según quien recibe, saber que llegó, y aprender de la experiencia para que la próxima vez sea mejor.

Eso es educación emocional. Eso debería ser política de juventud.

Referencias

Birchall, J. (2011). Fighting for their rights: A comparative study of people with consumer representation in public services. Routledge.

Borraz, C., & Moreno-Fuentes, F. J. (2020). Dependency, care and social policies in Latin America. ECLAC.

Dammert, A. (2017). Targeting social programs in Peru: El Sistema de Focalización de Hogares (SISFHO). Latin American Research Review, 52(1), 114-128.

Figueroa Cárdenas, A. K. (2010). Das Bien. Fondo Editorial UNMSM.

Figueroa Cárdenas, A. K. (2026). Teoría de la Vida DASBIEN — Parte II. Editorial Tecnologías Dasbien. Lima, Perú. DOI: https://doi.org/10.5281/zenodo.20247741

Freire, P. (1968). Pedagogía del oprimido. Siglo XXI.

Gasparini, L., & Cruces, G. (2013). Las asignaciones universales por hijo en Argentina: Impacto, discusión y alternativas. Revista CEPAL, 110, 65-84.

Irarrázaval, F. (2017). Evaluación de Chile Crece Contigo: Aprendizajes y desafíos. Psicoperspectivas, 16(2), 42-53.

Nussbaum, M. C. (2011). Creating capabilities. Harvard University Press.

Scott, J. C. (1998). Seeing like a state: How certain schemes to improve the human condition have failed. Yale University Press.

 

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¿HASTA CUÁNDO DEBO AMAR?, ¿CUÁNTO ES EXCESO DE AMOR?

En una relación de pareja, en una relación de amigos, en una relación familiar; la mayoría de las personas o quizá todos hemos estado en la situación de preguntarnos ¿Hasta cuánto debo amar?, ¿Cuánto es exceso de amor?.

La Biblia en Corintios 13:7 dice sobre el amor “Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”; mensajes similares hay en la música, por ejemplo la canción Cosas del Amor de Ana Gabriel dice: “No te des nunca por vencida, Que vale todo si se lucha por amor, ¿Cómo puedo hacer?, Entrega todo, Todo se lo di”; mensajes similares hay en las artes como la literatura, caso emblemático es la relación de Romeo y Julieta en la obra de Shakespeare.

 

En nuestras vidas hay personas que para complacer o por el bien de sus parejas: han dejado proyectos y sueños por sus parejas; han dejado pasatiempos y hábitos que los hacían felices; han perjudicado sus relaciones con familia, amigos, trabajo; hasta han soportado golpes de sus parejas, humillaciones, infidelidades; ¿hasta cuánto hacer cosas como estás por amor?.

En nuestras vidas hay personas que para complacer o por el bien de su familia: han dejado amistades o relaciones de parejas; han pasado falta de comida o vivienda; han dejado pasatiempos o actividades que los hacìan felices; han dejado profesiones, ocupaciones o sueños; han aceptado casarse y tener hijos; hasta han soportado golpes de sus familiares, humillaciones, violaciones; ¿hasta cuánto hacer cosas como estás por amor?.

En nuestras vidas hay personas que para complacer o por el bien de sus amigos: han dejado proyectos y sueños por sus personales; han dejado pasatiempos y hábitos que los hacían felices; hasta han soportado golpes de sus amigos, humillaciones, violaciones; ¿hasta cuánto hacer cosas como estás por amor?.

El amor no es un sentimiento o emoción, el amor es una acción. Según la teoría Dasbien: “Amar es dar algo bueno”, pero, bueno, no según la persona quien realiza la acción de amor, sino quien según la persona que recibirá la acción de amor. En ese sentido, es conveniente poner un límite o encontrar un punto saludable o de equilibrio de dar amor a la otra persona o al otro ser. La Biblia en Mateo 22:39 indica que “Jesús dijo ama a tu prójimo como a ti mismo”, se entiende de esta afirmación que debe haber un equilibrio en forma y tamaño de amor tanto para uno mismo como para nuestro prójimo; también se puede deducir de la afirmación que “el amor que tenemos por el prójimo, la otra persona o el otro ser no puede ser más grande que el amor que se tiene a uno mismo”.

FUENTE: Libro LO BUENO (Figueroa, 2019)

NOTA: FUNDACION TO GUIVE WELFARE “DAS BIEN” recomienda no quedarse con la información brindada en esta presentación; recomendamos al amigo lector investigar más, revisar libros, revistas, publicaciones científicas, entrevistas a profesionales, expertos en el tema y enriquecer más su conocimiento sobre el tema; y también si es posible compartirlo con otras personas.

 

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