Reflexión para refugios, rescatistas independientes, voluntarios y todos los que comparten la calle con animales
1. El refugio que nadie podía entrar a ver
En las afueras de la ciudad, al final de una calle sin pavimentar, don Clemente tenía un refugio de animales. O eso decía el letrero pintado a mano: «Refugio Esperanza: adopta, no compres». Todo empezó con tres perros rescatados de un drenaje en 2015. Clemente los subió a su camioneta, los curó con sus propios ahorros y colgó las fotos en redes. Las fotos se compartieron. Llegaron las donaciones: bolsas de concentrado, cobijas, dinero para «esterilizaciones». Y llegaron los animales: uno abandonado en la puerta del refugio, dos más en una caja junto al camino, una perra lactante atropellada que alguien dejó «solo por unos días».
Para 2019, don Clemente tenía noventa y dos animales. Para 2021, ciento cuarenta. Nadie sabía el número exacto, porque nadie —ni los voluntarios más antiguos— podía recorrer todo el terreno. Lo que se veía desde la reja bastaba: perros flacos con costras, gatos amontonados en jaulas oxidadas, un potrero sin sombra donde los huesos de las caderas se dibujaban como mapas. Las donaciones seguían llegando por redes, donde Clemente colgaba fotos de cachorros recién rescatados, sanos, fotogénicos. Los videos de rescate tenían miles de reproducciones. El refugio real, el que estaba detrás de la reja, no aparecía en ningún video.
La fiscalía ambiental no lo descubrió. Lo descubrió una voluntaria de diecinueve años que llevaba dos meses limpiando la zona «de las jaulas de exposición» —la única que se podía mostrar— y una tarde se coló por el pasillo prohibido. Lo que vio la hizo sentarse en el suelo. Escribió el hilo que incendió las redes: fotos, fechas, montos de donaciones que no llegaban en alimento. En dos días, el refugio fue intervenido, los animales distribuidos entre refugios serios, y don Clemente quedó con una investigación por maltrato y apropiación de donaciones.
Los periódicos lo pintaron como un monstruo. Quienes lo conocían de cerca contaban otra cosa, más incómoda: Clemente no empezó siendo un estafador. Empezó siendo un rescatista genuino, de los que se tiran a los drenajes. Pero en algún punto la matemática se volvió imposible —más animales que recursos, siempre— y en lugar de cerrar la puerta, cerró los ojos. Cada animal nuevo era una donación nueva, cada donación era una excusa para no decir «ya no puedo», y cada excusa dejaba otro animal comiendo del que no había. Para cuando la culpa pesaba demasiado para mirar el potrero, Clemente ya solo podía mirar la pantalla del teléfono, donde los cachorros seguían siendo fotogénicos y las transferencias seguían cayendo.
En su declaración ante el juez, dijo la frase que resume este artículo:
«Yo creía que rescataba animales. Al final me pasé cinco años huyendo de un potrero que yo mismo llené. Nadie me obligó a tener ciento cuarenta perros: yo los fui a buscar. La cárcel me asusta menos que lo que ya viví, que era saber, todas las noches, exactamente qué había detrás de la reja y no poder bajar del carro.»
Esta reflexión está escrita para rescatistas, voluntarios, veterinarios de zona, protectores independientes y dueños: para todo aquel que ama a los animales y, precisamente por eso, está expuesto a la forma más dulce y más peligrosa de hacerles daño. Porque hay algo que la evidencia —psicológica y empírica— repite sin excepciones: el daño a un animal también se cobra dentro de quien lo causa, y a veces el que más daño hace es el que cree estar salvando.
2. La paradoja: nadie persigue su propio sufrimiento
Observe cualquier ser vivo y llegará a la misma conclusión: nadie busca, como fin último, su propio daño. Todo organismo actúa orientado a su bienestar (Baumeister & Vohs, 2007; Ryan & Deci, 2000). El que abandona una camada en un río, el que pelea perros por apuestas, el que opera un criadero clandestino, el rescatista que acumula animales que no puede mantener: todos creen estar obteniendo algo —dinero, alivio, prestigio, calma—. Cree que el daño es el precio y el beneficio la ganancia. Pero la evidencia acumulada por la psicología en las últimas décadas muestra que la ecuación está invertida: el beneficio es breve, y el precio se paga durante años, dentro de quien lo ejecutó.
2.1. La conciencia cobra lo que la mente registra
La mente humana tiene una particularidad que los etólogos llevan décadas documentando: somos una especie que se construye relaciones con animales como si fueran personas (Serpell, 1996; Herzog, 2010). El niño llama «hermano» al perro; el anciano le habla al gato como al médico que no tiene. Esto significa que dañar a un animal dispara en la mayoría de las personas la misma maquinaria moral que dañar a una persona: aparece la disonancia cognitiva (Festinger, 1957), la fricción insoportable entre «yo soy buena persona» y «yo hice esto». Aronson (1999) precisó que la disonancia no duele por la inconsistencia de ideas, sino porque amenaza la identidad moral.
¿Y qué hace la mente para apagar ese fuego? Justificarse, con las frases que todo rescatista ha escuchado y todo maltratador ha usado: «es solo un animal» (deshumanización, que con animales es literal y funciona igual: niega la subjetividad del otro para que el acto pese menos; Bastian et al., 2012), «en el campo así es la cosa» (minimización), «yo lo rescaté, yo decido» (desplazamiento). Cada justificación calma el síntoma y agrava la enfermedad, porque el conflicto de fondo no desaparece: se instala (Harmon-Jones & Mills, 2019). La hipervigilancia del que pelea perros —escuchar si ladran los de la casa vecina, si alguien filmó, si alguien habló— es el estrés crónico que McEwen (2007) documentó como corrosor del sistema inmune, del sueño y del equilibrio emocional. La jaula no solo encierra al animal. Encierra, también, al que la maneja.
2.2. La herida moral: la enfermedad que la carne no esconde
Litz y sus colegas (2009) acuñaron el concepto de herida moral: el sufrimiento que queda cuando uno comete, tolera o facilita actos que violan sus propios valores más profundos. No es estrés ni miedo; es una culpa que no pasa, una vergüenza que se adhiere a la identidad y la pérdida del norte interno. Shay (2014) añade el dato decisivo: la herida moral degrada la identidad. El que daña ya no solo se siente mal; deja de reconocerse. Y los estudios sobre maltrato animal añaden una capa propia: quienes abusan de animales muestran, de manera consistente, déficits y distorsiones en la empatía que luego se pagan en todos sus vínculos —la investigación sobre violencia interpersonal ha documentado durante décadas la correlación entre crueldad animal en la juventud y violencia hacia personas después (Ascione, 1993; Lockwood & Ascione, 1998; Flynn, 2000). El que ensaña con un animal no «practica» solo con animales: está entrenando un circuito emocional que tarde o temprano buscará otro blanco, y el primer blanco disponible suele ser él mismo.
Y aquí aparece la autodeshumanización, el mecanismo más perverso de todos. Bastian, Jetten y Haslam (2012) encontraron que quienes reconocen el daño que causaron tienden a verse a sí mismos como menos humanos: menos dignos, menos cálidos, menos valiosos. Es una defensa («si no soy tan persona, lo que hice pesa menos»), pero tiene un costo brutal: depresión, ansiedad, ideación suicida y deterioro de todos los vínculos (Bastian & Haslam, 2011). Hay algo que los rescatistas saben por experiencia y la psicología confirma: el perro no miente. Los ojos de un animal que uno maltrató —o que uno dejó de ver, detrás de la reja, durante años— funcionan como el espejo más honesto que existe. Ningún justificativo sobrevive a esa mirada. Por eso don Clemente no podía bajar del carro.
2.3. La factura empírica: qué les pasa realmente a quienes dañan
La evidencia ya no es anecdótica. Quienes ejercen violencia o fraude interpersonal muestran, de manera robusta y controlando variables socieducativas, más depresión, ansiedad, estrés, sensación de irrealidad e ideación suicida que quienes no tienen historial de conductas dañinas (Gilbert et al., 2012). La depresión del perpetrador nace de la culpa y de la mirada negativa hacia sí mismo que produce haber quebrado algo moral (Stuewig et al., 2010). La ansiedad es literalmente la del castigo esperado —legal, social o simplemente la vuelta a casa, donde alguien te espera con la mirada intacta— (Tangney et al., 2014). Y quienes causan daño grave pueden desarrollar trastorno de estrés postraumático por perpetración (MacNair, 2002; Litz et al., 2009): años después, reviven la escena en sueños. El veterinario que aceptó «dormir» animales sanos por dinero, el chico que apostó en las peleas, el rescatista que supo y no actuó: la mente no distingue entre el daño hecho con un cable y el hecho con un silencio. La factura llega igual, y llega por dentro.
3. El catálogo de los atajos: seis trampas que huelen a carne podrida
Para que el argumento no quede en abstracción, conviene recorrer las formas concretas en que el daño a los animales se disfraza —a veces de costumbre, a veces de amor— y lo que le cuesta a quien lo ejecuta.
El abandono «compasivo». La camada que se deja «en un lugar mejor», el perro viejo que se suelta «para que corra», el gato que se deja en el campo «que los caza». El que abandona se va sintiéndose casi generoso. Lo que deja atrás es un animal que muere de hambre, de atropello o de miedo, y una certeza que se instala en el pecho: saber exactamente qué hiciste, con qué manos, en qué curva. Herzog (2010) lo formuló con crudez: la mente humana es experta en declarar «no fue mi responsabilidad» justo después de soltar la correa. El abandono es quizá la forma más común de maltrato, y la que más justificativos baratos genera. Ninguno funciona a las tres de la mañana.
Las peleas y las apuestas. El dinero de las peleas dura lo que el ruido de la noche. Lo que dura años es el circuito: la adrenalina que ya no se apaga sin violencia, los conocidos que ya no son amigos sino complices —y los cómplices no se perdonan entre sí, se vigilan—, y la mirada de los perros que uno entrenó a desconfiar de toda mano. La investigación sobre violencia interpersonal es clara: la crueldad animal no es un capítulo aislado de una mala vida; es el primer capítulo de un patrón que se repite (Ascione, 1993; Lockwood & Ascione, 1998). El que pelea perros termina peleando, tarde o temprano, con todo lo que ama.
Los criaderos clandestinos. La perra que pare cada celo, las camadas en jaulas, los cachorros vendidos con vacunas falsas y papeles inventados. El dinero parece fácil hasta que la cuenta llega: animales enfermos devueltos enojados, denuncias, una casa que huele a orina y a culpa, y una reputación que ya no se lava. Y debajo, el mecanismo de siempre: nadie que amasa dinero sobre jaulas oxidadas puede contarle a sus hijos de dónde salió. La vergüenza es un activo que no se declara, pero se paga.
El tráfico de fauna silvestre. El lorito que «se lo encontró», la tortuga que «regaló un primo», el huevo de iguana que «es solo uno». El tráfico de especies es de los negocios más crueles que existen porque su materia prima muere en las manos: por cada animal que llega vivo a una jaula, varios mueren en el traslado. Quien participa —aunque sea en la esquina mínima del negocio— acumula una herida moral de las profundas, porque sabe, por más que se encoja de hombros, que su mercancía gritaba. La naturaleza no acepta devoluciones.
El acaparamiento disfrazado de rescate (el refugio-fosa). El caso de don Clemente no es raro: es un patrón documentado. Personas que empiezan rescatando y terminan acumulando animales que no pueden alimentar, esterilizar ni atender, mientras las donaciones se convierten en la excusa para no parar. La motivación real casi nunca es codicia: es una herida emocional que el rescatista intenta curar acumulando «salvados» (Herzog, 2010). Pero la función importa menos que el resultado: ciento cuarenta perros flacos detrás de una reja que dice «Esperanza». El acaparador es, al final, el maltratador más triste del catálogo: hace daño convencido de hacer el bien, y por eso su herida moral es de las que más tardan en cerrar.
La estafa y el descuido institucional. La fundación que cobra donaciones y no esteriliza, el refugio que maquilla cifras para los patrocinadores, el voluntariado que quema a sus jóvenes «por la causa» hasta que se van con trauma, los «sacrificios» de animales sanos que nadie explica. Cada eslabón roto cobra dos veces: al animal, que recibe menos de lo prometido, y al equipo humano, que absorbe la herida moral del encubrimiento —Litz et al. (2009) documentaron que tolerar el daño ajeno produce la misma lesión que cometerlo—. Los refugios que cierran no mueren por falta de croquetas: mueren por los años de silencios incómodos entre voluntarios que dejaron de mirarse a la cara.
En todos los casos, la estructura del error es idéntica: beneficio inmediato pequeño, costo diferido enorme, y la certeza de que el daño siempre regresa al origen. El maltrato —activo o tolerado, con cables o con silencios— no es una estrategia. Es un préstamo usurario contra uno mismo, cuya letra de cobro nunca muestra el monto total el día que se firma.
4. Lo que el rescate vivo hace distinto: el amor como oficio con casos y números
Hasta aquí, la mayor parte del argumento: dañar animales —o acumularlos sin poder cuidarlos— es un mal negocio psicológico para quien lo hace. Pero la crítica sin salida produce cinismo, no cambio. Aquí entra la Teoría de la Vida DASBIEN (Figueroa, 2010, 2025, 2026), no como decoración, sino como sistema operativo del rescate serio: una descripción precisa de cómo funciona el bienestar real entre seres vivos, y de por qué el pseudo-amor —incluido el pseudo-amor a los animales— lo descompone todo.
4.1. El Triángulo del Amar como protocolo de refugio
La teoría DASBIEN define el amor como práctica interaccional orientada al bienestar del otro, con tres momentos inseparables: subjetivar (conocer genuinamente qué es bueno para el otro desde su perspectiva), intencionar (actuar deliberadamente para proporcionar ese bien) y retroalimentar (verificar con el otro si efectivamente recibió algo bueno). Omitir cualquiera de los tres produce pseudo-amor: la simulación de cuidado que mantiene el vínculo mientras lo vacía.
Aplicado a los animales, el triángulo se vuelve protocolo, no sentimiento. Subjetivar a un perro es conocer su especie, su historia, su miedo real —no el que nosotros proyectamos—: es saber que un galgo traumatizado no necesita «mimos», necesita silencio y distancia primero. Intencionar es actuar sobre eso: esterilizar, vacunar, socializar, conseguir adopción verdadera, no acumular. Y retroalimentar es la pieza que faltaba en el refugio de don Clemente: verificar. Pesar al animal cada mes. Llevar la curva de salud. Contar bocas y cruzarlas con bolsas de alimento. Preguntarse, con datos y no con la sensación de la pantalla: ¿este animal está mejor que el mes pasado? La etología lleva décadas diciendo que los animales tienen estados emocionales legibles —miedo, apego, alivio— (Bekoff, 2007); la retroalimentación es simplemente la disciplina de leerlos en serio. El rescatista que cierra el triángulo no se pregunta «¿cuántos rescates tengo?» sino «¿cuántos casos cerré bien?». Y esa pregunta, sola, hubiera salvado al refugio Esperanza: el límite —»no entran más animales hasta que salgan adoptados los que tengo»— es la forma más alta de amor que existe en este oficio.
4.2. Los Tres Sentidos del Amor: el rescatista también entra en la jaula
El modelo añade los Tres Sentidos del Amor: recibir amor de otros, dar amor a nuestro propio ser, y dar amor a otros seres. El rescatista agotado —el «síndrome del rescatista», el voluntario quemado que ya no duerme, ya no come, ya no ríe— tiene los tres canales obstruidos: no recibe (la causa es insaciable y nadie lo abraza), no se da (descuida su cuerpo, su trabajo, su familia «por los animales»), y lo que da ya no es amor sino desesperación disfrazada. El resultado es un humano roto sirviendo a animales cada vez peor. DASBIEN lo afirma sin rodeos: el amor que excluye al que ama no es amor, es fuga. La regla práctica es antigua y la teoría la confirma: no puedes sacar de un cántaro vacío. El rescatista que descansa, que acepta ayuda, que dice «no puedo con este caso» —que se ama a sí mismo lo suficiente para seguir entero— es el único que podrá amar a los animales durante treinta años y no durante tres.
4.3. La Zona de Equilibrio de Interacción y la entropía no reparada
La teoría propone la Zona de Equilibrio de Interacción: una relación es sana solo si mejora a ambas partes y no destruye el entorno compartido. La pregunta ZIE para cualquier refugio tiene tres brazos: ¿el animal florece? ¿el equipo humano florece? ¿el barrio y el ecosistema mejoran? (Una colonia de gatos alimentada sin esterilizar viola el tercer brazo: el vecindario se llena, los animales se enferman, la comunidad se vuelve hostil, y al final sufren los mismos gatos.) Lo que acumula quien rompe los brazos tiene nombre en la teoría: entropía no reparada —daño que no se transformó en mejor reparación. Y la advertencia final es contundente: un sistema con sensor, alerta y estructura presentes pero sin aprendizaje en ninguno no está vivo; es un cadáver que aún se mueve. Los refugios que colapsan no caen de golpe: llevan años de entropía silenciosa —casos no procesados, voluntarios que se fueron sin que nadie preguntara por qué, animales que nadie volvió a pesar—. La reparación concreta —admitir un error, devolver una donación mal usada, derivar animales a otro refugio, pedir ayuda antes del colapso— no es debilidad: es el mecanismo con que una organización convierte la entropía en aprendizaje y sigue viva.
5. Otra historia, para terminar de convencer
Bruno creció en un barrio donde los perros de pelea eran moneda de cambio. A los catorce ya cuidaba el perro de un vecino que apostaba los sábados; a los dieciséis tenía el suyo, un pitbull al que llamaba Tanque y al que enseñó, golpeándolo, a no soltar. Ganó dinero. Ganó miedo ajeno, que en ese barrio se confunde con respeto. Ganó también algo que no había pedido: empezó a soñar con los perros que perdían. Los que ya no servían.
La noche que lo cambió todo no fue una redada ni una tragedia cinematográfica. Fue una tarde de lluvia en la que encontró a una perra herida en el canal —cruce de pitbull, costillas como costal, la mirada idéntica a la de Tanque cuando nadie lo miraba a él—. La subió a la bicicleta envuelta en su chaqueta y la llevó a un refugio del otro lado de la ciudad, con el corazón golpeando más fuerte que cuando apostaba. En la puerta del refugio le dijeron que estaba llena, que no había cupo, que volviera otro día. Bruno se sentó en el suelo con la perra en el regazo, bajo la lluvia, y no se movió. No era un gesto heroico: era que no sabía a dónde más ir. La voluntaria que salió a fumar lo encontró ahí, empapado, y dijo la frase que él repite hasta hoy: «Otra vez tú, mijo. Ven, pásale. Pero mañana me cuentas de dónde salen estos perros tuyos.»
Bruno confesó. Todo: las peleas, las apuestas, Tanque. No en una comisaría: en una cocina de refugio, con la perra del canal —a la que llamaron Lluvia— durmiendo curada en una caja. Lo que siguió fueron dos años de reparación concreta: trabajó en el refugio sin cobrar, aprendió etología canina, acompañó a la policía ambiental a las peleas que conocía de memoria. Hoy dirige el programa de rehabilitación de perros confiscados de ese mismo refugio, y Tanque —retirado, gris, panzón— duerme en una cama ortopédica junto a su escritorio.
Bruno nunca pisó una cárcel. Se cobró solo, primero, y luego aprendió a cobrar de otra manera: trabajando. «Yo no me hice bueno de un día para otro», dice cuando le preguntan. «Me hice cansado de correr. Y un día me di cuenta de que el único lugar donde no escuchaba a los perros que perdí era cuando estaba ayudando a uno que ganaba.»
Su historia, y la de don Clemente, son la misma historia en dos direcciones: el daño a los animales se cobra a quien lo causa, y el rescate hecho con oficio —con límite, con datos, con amor al que rescata y al que rescatan— es la única factura que llega en positivo.
6. Diez preguntas para la próxima junta de voluntarios o para el espejo del baño
- ¿Cuántos animales tengo bajo mi cuidado hoy, con número exacto, y cuántos puedo mantener bien este mes? ¿La primera cifra cabe en la segunda?
- ¿Cuándo fue la última vez que pesé, desparasité o llevé al veterinario a cada uno —no a los fotogénicos, a todos?
- ¿Qué animal estoy manteniendo «por amor» cuando en realidad necesita otra cosa: adopción, derivación, o una decisión difícil que no quiero tomar?
- ¿Mis donaciones tienen destino verificable? ¿Puedo mostrar, sin prepararme, cuánto entró y en qué se convirtió?
- ¿Cuándo fue la última vez que dije «no puedo con este caso»? Si nunca lo digo, ¿cuántos casos estoy haciendo mal sin saberlo?
- ¿Cómo está mi cuerpo: horas de sueño, comidas, llantos ajenos absorbidos? ¿Quién rescata al rescatista?
- ¿Qué daño tolero en silencio «por la causa»: un voluntario maltratando, una jaula que nadie limpia, una cifra maquillada? La herida moral del encubrimiento pesa igual que la del acto (Litz et al., 2009).
- ¿La colonia o el sector donde alimento animales está mejorando —esterilizados, sanos, contados— o solo estoy repitiendo la escena del plato de comida?
- ¿Recibo ayuda, me cuido y cuido de verdad: o tengo los tres grifos cerrados y me pregunto por qué estoy seco?
- Si mi refugio o mi trabajo de calle desapareciera mañana, ¿qué quedaría: animales que florecieron, personas formadas, un barrio más amable? ¿O solo una reja con un letrero?
Siete o más respuestas honestas: el rescate está vivo y el daño encuentra poco terreno. Menos de cuatro: alguna reja con letrero ya existe, y quien la puso ya está pagando.
7. Conclusión: el negocio más pobre del mundo
Todo lo que la evidencia muestra —de Festinger a Litz, de Serpell a Bastian, de la paradoja de la malevolencia a la Teoría DASBIEN— converge en una sola afirmación, y conviene decirla mirando a los ojos de cualquier animal, que es donde las afirmaciones se comprueban: dañar a un animal —o acumularlos sin poder cuidarlos— es el peor negocio psicológico que existe. Se cambia la paz por dinero que no alcanza, la libertad por vigilancia permanente, la identidad por una reja que uno mismo llenó. El que maltrata, abandona o explota no gana lo que cree ganar; adelanta lo que después pagará con intereses, en sueño, en salud, en soledad, en la mirada que ya no sostiene ni la de un perro.
Y quienes amamos a los animales tenemos aquí una doble responsabilidad. La primera, hacia afuera: decirle a cada niño, a cada vecino, a cada apostador, que el atajo —el abandono «compasivo», la pelea, el criadero, el «es solo un animal»— no es una infracción administrativa sino una decisión contra uno mismo, con fecha de cobro. La investigación lo respalda sin ambigüedad: la crueldad animal rara vez se queda en animal (Ascione, 1993; Lockwood & Ascione, 1998). La segunda, hacia adentro: revisar nuestro propio refugio, nuestro propio plato de comida en la calle, nuestro propio cansancio, con la misma lupa con que revisamos al vecino. El acaparamiento disfrazado de rescate, la donación sin destino, el voluntario quemado «por la causa»: son formas de daño que usan el idioma del amor, y por eso son las más difíciles de ver y las más caras de pagar.
Don Clemente, cuando le preguntaron en una entrevista por qué creía que el maltrato animal persistía si todos saben que destruye, respondió con la calma de quien ya pagó la cuenta completa:
«Persiste porque el precio no aparece en la factura inicial. Yo recibí el primer perro con las manos abiertas. La factura me llegó durante seis años, en las noches, mirando la reja. Si este oficio enseñara solo una cosa, debería ser esta: los ojos de un animal no se pueden sobornar. Ni los de ellos ni los que uno se queda mirando después, cuando apaga el teléfono.»
La paradoja de la malevolencia explica el mecanismo: el daño al otro —humano o animal— interrumpe los procesos que sostienen el propio bienestar. La Teoría DASBIEN completa el mapa: la alternativa no es el sacrificio sino el oficio del amor —subjetivar al animal de verdad, intencionar su bien real, retroalimentar con datos y no con fotos—, que es, literalmente, la única forma de rescatar que no se paga con la propia destrucción. El refugio que entienda ambas cosas no solo tendrá menos rejas con letreros. Será, en el sentido más riguroso de la palabra, un refugio vivo: aquel donde cada animal que entra sale mejor, cada voluntario que llega sale entero, y cada noche cierra sin deudas con los ojos que no mienten.
Referencias
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